Los presidentes del Congreso y el Senado, ella y él, le dieron el otro día una patada al protocolo militar al inclinar sus semivacíos melones ante el banderín de la compañía de honores, cuando no correspondía. Uno no debe bajar la pelota que lleva sobre los hombros ante banderín alguno, sino ante la enseña nacional, que debe ser portada por un oficial de los ejércitos. El valor del protocolo lo conoce bien mi dilecto amigo José Arturo Navarro Riaño, que es un maestro de esa disciplina y nos ha enseñado a todos un poco. Recuerdo actuaciones memorables de José Arturo a lo largo de los años, colocando a los magos que pueblan las corporaciones locales en su sitio, apretándoles el nudo de la corbata hasta sus sudorosos y poderosos cogotes y echando spray perfumado en el salón Gasparini del Palacio Real cuando un periodista o asimilado olía tal mal que atufaba el ambiente y hubiera tirado para atrás al monarca. José Arturo era un genio del protocolo y se movía en esos ambientes de la rigidez y la disciplina castrense como pez en el agua. Miembro de la Orden de Malta, es un especialista en hacer el bien en todo el mundo, pero esto se lo calla y se va a cabrear conmigo por revelarlo. Mas, como también dice el mago, me provoca hacerlo. Cuando uno asume un cargo político debería darle un repaso a las normas protocolarias, que son relativamente fáciles de asimilar y para lo que sólo hace falta un poco de lógica y otro de sentido común. El jefe de Estado Mayor de la Defensa se quedó perplejo cuando vio a los dos gaznápiros de las Cortes hincar el pico ante un banderín y les hizo señas de que continuaran, consternado el militar por el desmán protocolario de los analfabetos funcionales.
