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Un rato en Roma

Me disfracé de Gregory Peck y jugué un rato a Vacaciones en Roma, sin Audrey Hepburn, pero con mucho afán. Fui a Via Veneto para leer la placa que dice: “A Federico Fellini, que hizo de Via Veneto el teatro de la Dolce Vita”. Un poco para recordar a Anita Ekberg metida hasta las rodillas en la Fontana de Trevi y a Marcelo Mastroianni tirando de ella desde la orilla. Aquella fue la Roma de los 60, pero la Roma de la Dolce Vita ya no existe, si acaso todavía puede vivir uno en la del otro Fellini, Paolo Sorrentino, que construyó una película con argumento de autor de una sola novela, Jep Gambardella en la ficción: La Gran Belleza. Aquí no aparece la enorme Anita Ekberg, sino una enana, directora de revista romana de la alta sociedad; también hombres de quiero y no puedo y salidos mentales, junto a monjas disparatadas, cardenales viciosos y siempre la Via Veneto, con sus lujosos locales de antes, porque por desaparecer ha desaparecido hasta el Café de París. Disculpen, pero me ha dado hoy por Roma, una de mis ciudades de ensueño y el paseo de Villa Borghese hasta la plaza Barberini me entusiasma, siempre alojado en el Excelsior o en el Ambassador. Para quitar glamour diré que una vez tupí un wáter en este último hotel, tal fue el apretón que me produjo el tránsito, en bajada, por la calle de la Dolce Vita. Pero ya Roma no es aquella Roma de palacios y cafés de tazas doradas, sino otra, igual de hermosa pero distinta. No me gustan las colas de los japoneses en Gucci, ya en la Via dei Condotti, y me gasté una fortuna encargando mis tarjetas de visita en la mejor imprenta de la ciudad. Manías de un viejo cronista de provincias que siempre vivió por encima de sus posibilidades.

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