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Un rato portuense

En Los Limoneros compartimos mesa con Marco y María, nuestros grandes modistos, y con la directiva de su empresa, Vanessa Cabeza. Grato recorrido por el viejo vivir portuense, de los tiempos en que llovía, cuando La Ranilla era La Ranilla y el Puerto olía a mar, que ahora también, pero hoy te tienes que acercar a la Punta del Viento, porque La Ranilla se ha alejado del Atlántico. Los muros traseros de sus casas de barro y piedra ya no rozan la marea y Carmen Fuentes, la vieja maestra de costura, tampoco se lastima los dedos de su vejez cosiéndose a sí misma por culpa de las cataratas. Qué deliciosa conversación, en medio de escenas familiares irrepetibles y de personajes muertos, pero vivos en el recuerdo. Qué buena gente son Marco y María, que se levantan de noche, alegrados sus sueños por una idea para un traje de fiesta. El Puerto, con lo chiquito que es, tiene millones de historias guardadas en su cofre azul de mar. Dice Juan-Manuel García Ramos que si el pueblo fuera mayor no habría tiempo en una vida para relatar tanta cosa. Hablamos de la cucaña, que siempre ganaban los “ratones”, porque parecían hechos para caminar por el palo embadurnado de brea y caer al muelle, uno sobre otro. Recuerdo cuando el gran Arturo Maccanti elogiaba públicamente mi prosa poética. ¡Pero si yo no soy poeta, ni nunca lo seré! Lo que pasa es que el Puerto me inspira, hasta para ganar la etapa de un rally con mi amigo el Pichote, sin equivocarme en ningún control. Aquí se respira un aire distinto, que he vuelto a recuperar en la edad provecta, cuando uno ya está para cagarse dentro del convento. Al carajo la poesía, ahora voy a hablar en ranillero, haciendo un calvo por el postigo cuando pierda el Puerto Cruz.

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