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El curandero del rey

Carlos de Inglaterra, Carlos III, conocido por llevar puestas unas orejas tan grandes que parece que tiene la cara entre paréntesis, dispone de un curandero real. Se ha sabido ahora, en el momento en que la próstata del rey ha sufrido una hiperplasia (agrandamiento) y ha de ser intervenido por el cirujano, también real, tras una biopsia que ha revelado que la hiperplasia es benigna. Aseguran los rumores de la corte de St. James que Carlos había contratado, desde hace años, los servicios de un curandero, que le estaba tratando la cosa con un mejunje de hierba de cabra en celo (ignoro que hubiese hierba para aliviar o quizá animar el celo de las cabras), que está también indicado para la impotencia; es decir, para tener contenta a Camila y a quien sea menester, que yo no me meto con las contenturas y menos con las de los reyes. Estas cosas se han hecho públicas tras la nota de palacio hablando de la dolencia del rey comehierbas, que también sufre –y esto sí que lo he constatado— de una dolencia que se denomina “dedo de salchicha”; es decir, de una evidente hinchazón de las manos, que se enrojecen y agrandan, tipo manilla de plátanos. Cuando firmó los documentos de proclamación se manchó los dedos con la tinta de una pluma antediluviana y, tras su calentura, las cámaras enfocaron sus dedos/salchicha, tamaño Conejo Tambor. Carlos III ha acudido, pues, a la seudociencia, como cualquier ciudadano, en vez de a la medicina científica, pero ha vuelto al redil, renunciando momentáneamente al alimento de la cabra preñada, que seguirá comiendo de los verdes prados de la Pérfida Albión mientras Carlos regresará al solomillo Wellington. El rey tiene 75 años y a esa edad cualquier próstata te canta unas mañanitas, así que vamos a ver lo que pasa.

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