tribuna

Juegos y desatinos en la Plaza Ireneo González

Por Francisco Santos-Jara Padrón. En una víspera de Navidad, la plaza Ireneo González de Santa Cruz se vistió de un cuento no escrito por Dickens, pero igualmente iluminado por luces festivas y sombras de arcaicas enseñanzas. El escenario de nuestro relato fue testigo de cómo la magia del realismo mágico se desvanecía ante la imposición del realismo trágico de la adultez. Allí, mi hijo Mateo y sus amigos se convirtieron en los inesperados protagonistas, embajadores de la risa, en un encuentro fortuito con un coro desafinado de adultos, quienes, parecían haber olvidado el arte de jugar.

Cuatro figuras adultas, quizás más propias de una novela de miserias que de una festividad navideña, decidieron que el bullicio infantil era una afrenta personal a su paz. En un acto que pretendía ser de valentía, levantaron su estandarte de seriedad y comenzaron a ladrar órdenes, enfrentándose a los niños como si fueran gigantes a batir, ignorando el hecho de que, en la historia de la humanidad, ningún niño ha dejado de jugar por la reprimenda de un extraño.
Este curioso incidente, que bien podría haber sido un sketch cómico si no fuera tan tristemente real, resalta una batalla cultural en nuestras plazas: el derecho a la risa y al juego frente al derecho al silencio. El juego, un pilar del desarrollo infantil, enseña física, matemáticas y filosofía mientras se salta la cuerda o se persigue una pelota. En una era de sedentarismo y soledad digital, el espacio al aire libre se convierte en un grito de libertad, un antídoto esencial contra la inmovilidad y la desconexión.
La tragicomedia se extiende a la mercantilización del espacio público. Bancos, árboles y fuentes, antes sinónimos de encuentro y recreo, luchan ahora por su lugar con terrazas comerciales. El espacio público, ese bien común donde deberían coexistir la risa y el murmullo, los juegos y las lecturas, se ve asediado por la demanda de cada metro cuadrado para el próximo café o copa de vino. Es tiempo de recordar que estos lugares son para vivir, no solo para pasar.

Así que, en el espíritu de esta temporada, hagamos una llamada a la acción a toda la comunidad. Invitemos a los más pequeños a seguir jugando, explorando y riendo, pues su alegría es el verdadero pulso de la comunidad. Instemos a los adultos a respirar hondo, a unirse al juego o, al menos, a ofrecer una sonrisa comprensiva. Y al Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, les urgimos a hacer de cada plaza un lugar de encuentro armonioso para todos.
No permitamos que nuestras plazas se conviertan en museos de la quietud o en simples extensiones de la cafetería más cercana. Transformémoslas en catedrales de la risa, laboratorios del juego y templos de la convivencia. Recordemos que cada risa de un niño es un latido que mantiene viva la esperanza y la comunidad.

Y a aquellos adultos de ceño fruncido, que en cada risa infantil ven una afrenta personal, les sugiero una dosis de amnesia selectiva: olviden momentáneamente sus preocupaciones y recuerden la alegría despreocupada de su propia infancia. Insto a buscar más alegría y educación en sus vidas, y sobre todo, a encontrar complicidad con los más pequeños.

Porque al final, como bien sabemos, no hay mejor medicina para el alma y el cuerpo que una buena dosis de juego y alegría compartida. Así que, Santa Cruz, ¡a jugar se ha dicho! Y que siempre encontremos sombra bajo nuestros árboles, testigos silenciosos de la vitalidad de nuestra comunidad. Que esta historia no sea un cuento de Navidad más, sino un capítulo renovado de cómo vivimos y compartimos nuestros espacios, llevando el espíritu de las fiestas a cada día del año.