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La Casa de la Húngara

La implacable piqueta ha derribado la Casa de la Húngara, el mayor mueblé de Santa Cruz. El popular recinto de lenocinio fue escenario de miles y miles de encuentros, desde el franquismo a la democracia. En cierta ocasión llegó al muelle una pareja de recién casados. Los hoteles de la ciudad estaban llenos, ni una sola habitación disponible. Pidieron auxilio a un taxista, que dijo a los flamantes esposos: “Miren ustedes, yo tengo dos posibilidades para alojarlos esta noche. Una es meterlos en mi casa y no se lo aconsejo a ustedes porque mi mujer tiene muy mala leche. Y la segunda es llevarlos a una pensión un tanto especial”. El matrimonio optó por la segunda propuesta y la pareja pasó la noche en la Casa de la Húngara, en una habitación limpia, pero que tenía más mili que Cascorro. Por la mañana, resuelto el problema del hospedaje, el taxista los recogió y los depositó en un hotel decente. No exento de un vago romanticismo, el conocido escenario de la más ardiente follandusca había sido testigo de miles de anécdotas de personajes conocidos de Santa Cruz. Incluso algún eclesiástico, desde luego adelantado a su tiempo y aficionado al fornicio, acabó allí alguna que otra noche, cautivado por los perfumes baratos de las meretrices; o quizá atraído por sus cantos de sirena. La piqueta ha derribado el inmueble, ha sido noticia y en su lugar construirán una nave, industrial e impersonal, que jamás sabrá que sus cimientos están ungidos para siempre por el olor y el ardor de la variopinta fauna que componía la clientela de la Casa de la Húngara. La historia se encargará de mitificar el lugar como se merece. Yo nunca estuve allí, pero escuché docenas de relatos; supongo que esos episodios no ocurrieron realmente, porque lo que prevalece es aquello que la tradición oral certifica. Lo demás no cuenta.

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