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La cuesta de enero

Siento arruinarles el final de las putas fiestas, pero les recuerdo que ahora viene la cuesta de enero. Con el alza de los precios, estos primeros meses del año los menos pudientes lo van a pasar muy mal. El ahorro brilla, pero por su ausencia, y el gasto se ha multiplicado en estas fechas de regalos inútiles. No hay nada peor que un regalo inútil, un objeto que no vas a usar jamás. Lo más socorrido es la ropa, que eso vale para siempre, porque las modas están tan gastadas que se repiten y se aprovecha todo. Conozco comercios que no venden sino basura y están llenos de gente. Donde mejor lo paso es en las tiendas de marca. Por ejemplo, yo soy feliz en Plaza del Duque, aunque no pueda comprar nada, o en algunas secciones de El Corte Inglés. También en ciertas boutiques que venden marcas, no morralla. La cara más amarga del comercio, la más tropical, la más tercermundista, es la del barateo, porque lo que compras normalmente dura poco, tiene una vida corta. Ahora, en estos últimos días, la gente se ha echado a la calle a devorar lo que encuentra, entre lo que está el regalo del cuñado, que suele ser el de peor calidad porque no hay nada más molesto y que sobre más que un cuñado, tomado como animal social. Para nosotros, los escritores de todos los días, estas fechas son buenas porque nos da material de escritura y nos permite el juego de palabras cuando vemos los televisores voladores y los paquetes que no caben en los automóviles. Es maravilloso contemplar los esfuerzos de algunos intentando meter un horno eléctrico donde no cabe o una lavadora en el maletero del coche. Llegan a casa con el tambor de la máquina en el sillón de atrás.