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Mi amiga la IA

Le he pedido a la inteligencia artificial que me escriba un artículo y lo ha hecho, pero reconoce que no tiene datos suficientes para imitarme. Cuando los tenga, le solicitaré que escriba cada mañana, con mi estilo, el puto folio, las 300 palabras de todos los días, y yo me dedicaré al bel canto. Será el sino de todos los periodistas del mundo. A partir de este año comenzarán a desaparecer las facultades de periodismo y sobre las guerras, las meteduras de pata de los políticos, el puterío nacional e internacional y los deportes informará la inteligencia artificial, a la que a partir de ahora citaré con mayúsculas. Se trata de un mundo nuevo y distinto, en el que se hurtan al hombre -y a la mujer- sus capacidades y se les alivia notablemente, condenándolos al dolce far niente. “Escríbeme un artículo como lo hace Andrés Chaves, Inteligencia”, le pediré al ordenata, y ella lo hará, aunque reconozca que no pueda, de momento, imitar mi prosa. Pero todo llegará. En unos meses, recuperado el aliento, la Inteligencia Artificial se acercará a mi sintaxis y aprenderá, como yo aprendí de Azorín, de Camba, de Umbral, de Pedro Rodríguez, de Joaquín Aguirre Bellver, de Raúl del Pozo, de González-Ruano y de todos los grandes de la prosa española, en su modalidad de crónica, incluido Larra. Estuve muchos años empapándome de ellos y, a juicio de algunos, no lo hago mal. Pero mucho mejor lo hará la Inteligencia Artificial, que seguramente ahora estará escribiendo las novelas finalistas del Planeta. Espero que la obra ganadora del millón de este año no sea tan mala como la de Sonsoles Ónega. 2024 será un año distinto, por muchos motivos. Que se olviden todos de sus tesis doctorales. Ya están hechas. No pierdan más veranos estudiando, como yo.

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