tribuna

Questatio disputae: los anglicismos nuestros de cada día

Por Marcial Morera. De dos maneras radicalmente distintas surgen las palabras en las lenguas naturales. De un lado, hay unas que nacen de la experiencia de los propios hablantes, que las crean al trabajar con sus manos y sus mentes unidas las realidades que designan; es decir, al tiempo que exploran y descubren el mundo. Por ejemplo, cogiendo pulpos con fisga, pescando gueldes con una pequeña red de hilo o alambre y removiendo la tierra o la arena de sus predios y de sus pueblos con un tablón tirados por burros o camellos crearon los canarios de antaño las voces tradicionales pulpear ‘pescar pulpos’, gueldera ‘red para pescar gueldes y peces semejantes’ y tablonear ‘remover la tierra con un tablón’. Se trata de palabras que hunden sus raíces en elementos de la lengua de los mismos hablantes (pulpo, guelde y tabla, en el caso de nuestros ejemplos), y que resultan, por tanto, absolutamente familiares para todos sus usuarios. Voces de siempre, identificadoras del grupo humano que las atesora. Son, como diría Unamuno, las palabras de la intrahistoria de los pueblos.
De otro lado, hay voces que surgen por imitación de las que usan aquellos que no pertenecen al grupo de uno. Así ha ocurrido en español con anglicismos más o menos recientes como chat, designativo de la acción de ‘charlar o intercambiar mensajes por internet’, pendrive, designativo del dispositivo portátil pequeño de almacenamiento de datos electrónicos’, lawfare, designativo de guerra judicial, y fake news, designativo de los bulos o falsas noticias que se propagan con algún fin. Por lo general, se trata de palabras extranjeras, absolutamente extrañas y, si se quiere, hasta misteriosas, para los hablantes que las adoptan. El desconocimiento o ignorancia de la lengua de origen y el prestigio de que esta se encuentra generalmente investida convierten a estas palabras en enormemente atractivas para el hablante incauto. En todo caso, se trata de expresiones, por lo general, pasajeras, expresiones de la historia de los pueblos, en el sentido efímero que Unamuno daba a esta palabra. Gran parte de las voces que consideramos son verdaderas estrellas fugaces; estrellas que desaparecen con la misma rapidez con que destellaron en el firmamento.
¿Quién recuerda ya anglicismos tan vivos en el pasado como bushel, budjet, attorney, tilbury, cold-cream, tartan o twines que se usaron en español para designar cierta unidad de medida de capacidad para sólidos, un presupuesto económico, un abogado, un carruaje de dos ruedas y dos asientos, una especie de crema hidratante, una especie de tela de lana con cuadros o listas y los gemelos o mellizos, respectivamente? En el primer caso, es el hablante mismo el que crea la palabra, para simbolizar el mundo de su experiencia diaria y archivarlo cuidadosamente en la memoria. Era lo propio del vocabulario de antes, cuando los humanos tenían que enfrentarse a pecho descubierto al mundo que los rodeaba. En el segundo, el hablante se limita a imitar, repetir o emular las formas de expresión de los otros. No hay en este caso indagación en la realidad, sino mera imitación, por necesidad de designar nuevas realidades, complejo de inferioridad, cursilería, ignorancia de la lengua propia, moda o lo que sea. Es lo que caracteriza al mundo moderno, en que el hombre medio se limita a remedar las palabras, los comportamientos, las opiniones, etc., de los demás; en muchas ocasiones, tecnócratas (en particular, los de Silicon Valley), científicos, ideólogos, mercaderes, periodistas o “influencers” de los más variados pelajes, que se expresan generalmente en inglés y que difunden sus mensajes y consignas a través de esos potentes canales de comunicación que son la prensa, la radio, la televisión y, sobre todo, internet. Palabras, comportamientos y opiniones que no surgen de las propias necesidades expresivas de la gente, sino de los intereses de otros. Imitar, estar a la moda o atenerse a lo políticamente correcto es el sino de los tiempos que corren, en que el género humano se ha convertido en mera masa o rebaño, con la ilusión de que es libre. Ya señaló el lingüista y filósofo norteamericano Noam Chomsky hasta qué punto se encuentra el hombre de hoy sometido al imperio de las “ilusiones necesarias” que le crean el mercado y la ideología dominante. Y no es tanto que los extranjerismos empobrezcan la lengua que los adopta, como se viene diciendo desde el siglo XIX; que no la empobrecen. Los extranjerismos que logran sobrevivir al paso de los años, que son solo unos pocos (chef, yip, amateur, élite, short, boom, jazz, mánager, camping, garaje, rifle, por ejemplo), no amenguan las lenguas naturales, sino que las acrecientan, porque, una vez arraigados en ellas (es decir, cuando se adaptan a sus patrones fónicos, gramaticales, léxicos y culturales), proporcionan a nuevas raíces léxicas.
¡Qué sería de la lengua española sin voces como el germanismo guerra, el arabismo hasta y galicismo jardín, por poner un par de ejemplos de extranjerismos hispanizados de una enorme potencia! ¡Qué sería del español de Canarias de hoy sin el guanchismo gofio, el portuguesismo engodo o el anglicismo indirecto guagua! Es más bien que impiden que el hombre construya el mundo que vive con sus propias manos, su propia inteligencia y su propio corazón; un mundo a la medida de su cuerpo, de su tiempo y de su medio físico, obligándolo a abandonar su propia tradición intrahistórica, la tradición intrahistórica de sus padres y abuelos, y a vivir en el cuerpo, el tiempo y el medio físico de otros.

TE PUEDE INTERESAR