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Un lunes nada plácido

Ayer, el que iba a ser un lunes plácido se convirtió en un lunes ajetreado. Primero, la obra en el piso de arriba de mi edificio está siendo realizada por unos individuos que hablan a gritos, de manera innecesaria, pues trabaja un obrero al lado del otro: bastaría con un susurro. Segundo, no me acordaba de que había prometido a un amigo acompañarle a unas conferencias sobre nacionalismo en la Económica, que no interesan sino a los nacionalistas. Y hube de ir. Menos mal que el amigo tuvo la deferencia de enviarme a su conductor. Así me pude tomar un par de whiskies en La Laguna, sin el riesgo del tricornio. Tercero, todo esto para mí es un coñazo, más que nada porque tengo que afeitarme, algo que odio y que no hago más que una vez a la semana. Y cuarto, a mi hermano se le ocurrió salir a no sé qué, con lo que no tenía con quién dejar la perrita. Total, que se me complicó el incómodo lunes, aquel que yo presumía plácido y lleno de edredón y series. Los jubiletas nos volvemos antipáticos, anti sociales e impertinentes y yo hago virtud de esas tres cualidades de la senectud. Además, tuve que realizar un par de tareas administrativas, como encontrar una escritura, algo que odio profundamente porque lo guardo y archivo todo pero después no me gusta nada buscar lo que archivo. A ello hay que unir los ruidos de la calle. La gente se pone los lunes especialmente grosera con los cajeros, a diez metros de mi balcón. Nadie entiende que los cajeros no dan dinero al que no lo tiene guardado en la cuenta; y se ponen los usuarios a discutir airadamente con ellos. Total, que mi paz habitual quedó profundamente turbada. Espero que hoy se normalice la cosa.

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