tribuna

Carta para Fran Domínguez

Por Ángeles Reverón. | Te miro en esta foto y, aunque no vea tu cara, estoy segura de que estabas sonriendo. Viendo a nuestro Madrid, seguramente tras una de esas grandes gestas que tanto nos gustaba celebrar, ya fuese en la redacción para picar a los demasiados culés que teníamos al lado, como cuando estábamos en El Médano o en cualquier parte de la Isla comiendo a mansalva, sobre todo tú. Además, ahí seguro que estabas feliz porque estabas en tu redacción, en tu casa, porque hacías lo que más te gustaba en este mundo, que era ejercer de periodista, y eso, en una profesión tan jodida como esta, es un lujo. Sabías transmitir y contagiar esa pasión, sobre todo en esos momentos de bajarse del carro, pero siempre me recordabas, aunque no lo dijeras, que lo nuestro se llama vocación. Te traías la manzana en la bolsa, pero yo sabía que dentro tenías todos los azúcares y grasas prohibidos del mundo, y por eso me convertí en tu peor inquisidora durante un tiempo mientras te pasaba esas páginas que yo no quería revisar porque sabía que estabas a un nivel estratosférico al que yo no podía acceder. Además de admirarte profesional e intelectualmente, eras mi amigo. No sé a quién le voy a preguntar ahora por todo, absolutamente todo. Ya no tendré esa enciclopedia abierta que era tu cabeza. Ya no me mandarás a comprarme la ropa a Punto Roma (“Angelita, ya estás en edad de eso”, me decías sin parar de reír), ni hablaremos desde Tito Florentino hasta los más famosos de la prensa rosa que tanto controlabas, pero que no te gustaba reconocer. Ya no quedaremos para ir al cine y que al salir, te preguntara por tu esperado análisis de la película, porque siempre eras nuestro mejor crítico. No sin antes querer cobrarnos 50 euros por tus clases magistrales. Ya no podré decirte “Fran, te tengo un chisme”, y enlazar una conversación tras otra hasta perder la noción del tiempo. Con nuestra Luci al lado, tu eterna compañera y amiga por siempre, de las buenas, como tú. Ya te echo de menos. Puta vida, puto destino. Te seguiré hablando, así que no me abandones. Te quiero, a pesar de que nunca te lo dije.

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