tribuna

El estreno de ‘Guarapo’, hace 35 años

Por Antonio Salgado. Con toda franqueza, tenemos que confesar que nos va a resultar difícil, por no decir imposible, hilvanar un juicio objetivo sobre la impresión que nos ha producido la visión de la película Guarapo, de los hermanos Ríos. Y es que este humilde espectador les vio, cinematográficamente hablando, nacer, desarrollarse, luchar con los inevitables “revientaglorias” de siempre, superarse… Ahora, en esa joya que responde por Cine Víctor, hemos oído la ovación más prolongada, sincera y emocionada que jamás se haya producido en una sala isleña. Era el triunfo de estos dos jóvenes directores que ya saben del aplauso unánime y colectivo cuando, en el santacrucero Círculo de Bellas Artes empezaron a entusiasmar a la concurrencia con el artesanal Súper 8. Guarapo es, ante todo, un auténtico goce visual, y, después, un hallazgo. Una delicia para la vista ante una indescriptible fotografía bucólica y pastoril -¡salud y larga vida, Hans Bürmann!-, donde la nocturnidad se salva con una excepcional iluminación. Y un hallazgo al comprobar, y ahora casi de forma definitiva, que en los hermanos Ríos tenemos a dos extraordinarios realizadores con insospechadas proyecciones, que ojalá nos sigan contando dramas viejos y aventuras isleñas con la misma seriedad, con la misma fidelidad y con idéntica categoría que los han logrado con este Guarapo donde sus maestrías, si se han puesto en tela de juicio, se han notado en la dirección de artistas locales que en la pantalla se convierten en auténticos profesionales cinematográficos, donde ninguno de ellos, absolutamente ninguno, desentona en sus respectivos papeles, lográndose incluso algunas interpretaciones para el recuerdo, como por ejemplo, el sargento de la Guardia Civil o la madre de Amparo, por mencionar, y es una opinión muy personal, las principales cotas. Manuel Cervino, en su papel de don Virgilio, es capítulo aparte. Su sobriedad interpretativa y, sobre todo, su voz, esa voz que llena toda la pantalla, es personaje que capta la atención del espectador desde el principio. El otrora almibarado Juan Luis Galiardo se torna en Guarapo como un actor no aprovechado hasta el momento en su justa medida. Bordó su papel de terrateniente: se hizo repudiar. La pareja estelar estuvo a la altura de las circunstancias, siempre apoyada, tanto en las escenas dramáticas como en las eróticas, por la insuperable partitura musical de Falcón Sanabria, otra pieza clave de Guarapo. Un bravo para el ambientador, un aplauso para la maquilladora y enhorabuenas para el director artístico y para el montador. El argumento de Santiago Ríos, insistimos, rescató uno de nuestros dramas viejos, ahora muy bien hilvanados en la pantalla, en un guión salpicado con esos giros isleños que le proporcionan a la cinta un tratamiento familiar y cercano, con ese zurrón de gofio que le abre el apetito al espectador bajo aquellos hermosísimos helechos del Cedro, adornado con bruma de cábalas y brujería. Cuando aún resonaban las ovaciones en el cine Víctor, algunos interrogantes: ¿Sentiremos sólo los canarios esta película? ¿Cómo se interpretará, por ejemplo, nuestro posible silbo gomero, ese lenguaje que despistaba a los de la Benemérita y ocultaba a esos campesinos sin tierra, que soñaban con nuevos horizontes en América y que algunas veces tenían que sostener encuentros trágicos frente al señorito con derecho a pernada? ¿Convencerá Guarapo en que se puede producir la necesidad, el hambre y el hastío en escenarios tan exuberantes e idílicos como los de La Gomera?

*Miembro de la Tertulia
Amigos 25 de Julio

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