en la frontera

Ética, persona y política

La política democrática es una tarea ética en cuanto se propone que el ser humano, la persona, erija su propio desarrollo personal en la finalidad de su existencia, libremente, porque la libertad es la atmósfera de la vida moral. Que libremente busque sus fines, lo que no significa que gratuita o arbitrariamente los invente, libremente se comprometa en el desarrollo de la sociedad, libremente asuma su solidaridad con sus conciudadanos, sus vecinos.


El solar sobre el que es posible construir la sociedad democrática es el de la realidad del ser humano, una realidad no acabada, ni plenamente conocida, por cuanto es personalmente biográfica y socialmente histórica, pero incoada y atisbada como una realidad entretejida de libertad y solidaridad, y destinada, por tanto, desde esa plataforma sustantiva, a protagonizar su existencia. La política democrática no puede reducirse, pues, a la simple articulación de procedimientos, con ser este uno de sus aspectos más fundamentales; la política democrática debe partir de la afirmación radical de la preeminencia de la persona, y de sus derechos, a la que los poderes públicos, despejada toda tentación de despotismo o de autoritarismo, deben subordinarse.


La afirmación de la prioridad del ser humano, de la fundamentalidad del ser humano en la concepción de las nuevas políticas, es el elemento clave de su configuración ética. Pero la configuración ética no puede entenderse como la articulación de una propuesta ética concreta, definida, que venga a constituir una especie de credo o de código de principios dogmáticos desde los que se pretenda hacer una construcción política.


Hoy, sin embargo, la realidad nos muestra cuán importante es la vuelta a los valores, la vuelta a la dignidad de la política, la vuelta a la centralidad del ser humano. Hoy pisoteada hasta el paroxismo por las tecnoestructuras políticas y financieras.

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