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Semana Santa

Yo tuve una época piadosa, antes de sobrevenirme el agnosticismo, y en Semana Santa me enfundaba la opa del Santísimo y me apuntaba a las procesiones del Puerto de la Cruz, dando escolta a Simón de Cirene, que tiene unos ojos saltones que asustan a los niños. Alfonso García-Ramos, paz descanse, siempre hablaba de la dimensión erótica de las procesiones de La Laguna y de la anécdota -probablemente falsa- de una pareja de cofrades enganchada al entusiasmo del rabinaje que, en pleno éxtasis, circulaba con sus redomas por Herradores cuando la procesión ya transcurría por San Agustín. Hay otra anécdota, atribuida a uno de los Foronda, a quien, vestido de capuchino descalzo, se le metió el dedo gordo de un pie en el raíl del tranvía, se le hinchó con el roce y tuvo que llegar andando en soledad hasta Tacoronte, que es donde terminaba la vía, para desengancharlo, sin que se le apagara la vela. Una tercera anécdota habla de un segundo capuchino, al que su mujer llevaba todos los años un bocadillo de mortadela para aliviar la hambruna, pero, como todos vestían iguales, rara vez lo entregaba al destinatario correcto, sino que se lo terminaba zampando un compañero de cofradía. Hasta que dio con la solución, atándole un lazo rojo a la capucha, para identificarlo. Pero algún desalmado le mamaba el lazo al hombre y se lo colocaba él, por lo que el bocadillo jamás llegó a su destino correcto, sino a otro. En el Puerto, la Semana Santa tiene su punto, aunque la mayoría de los pasos no son cargados por costaleros, sino que van con ruedas. Esa modernidad se debe al padre Lucinio García, luego exclaustrado, que modernizó los pasos de Semana Santa, arregló la parroquia de la Peña y puso orden en el caos y en la peste generada debajo de los santos.

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