tribuna

Una ciudad distinta a pesar de todo

Luego vino el jardinero y dibujó unas sendas en el suelo. Alrededor plantó unas tapizantes. Podó los árboles como si hubieran ido a la peluquería, para ponerlos al día. Parecía que viajaban a bordo de un coche tuneado. Las calles olían a asfalto y ya no quedaba nada del recuerdo de los viejos adoquines. A pesar de todo, me decidí a enseñarle la ciudad a mis amigos. Las casas, más o menos, son las mismas. Algunas ya no están y las que las sustituyen no me molestan tanto como otras que sustituyeron a las del pasado y que ya son eso, incorporadas a la historia, como si fuera solo el tiempo el que les da derecho. Están ahí por alguna razón. Se han ganado el sitio y ahora se niegan a desaparecer. Hay un palacio de piedra azul, pero ese no es su color. Solo es un viraje que hizo Zenón dejando el cuarto oscuro inundado por un olor fétido. Los paños blancos de las casas escasean y ahora reivindican otros tonos porque dicen que el que tenían fue impuesto por unas medidas de asepsia o por un orden que pretendía uniformarlo todo. Ahora apostamos por la diversidad, incluso en los colores, como si fueran las flores de un jardín. Se puede andar fácilmente por estas calles; aunque sepas que te van a llevar al sitio de siempre, es emocionante. Ese torcimiento, intencionado o no, le añade un misterio extraordinario. Nos paramos frente a una ventana para ver los detalles de la carpintería. Mi amigo hace un despiece del mecanismo de la guillotina. No se explica cómo se puede limpiar estas cristaleras enormes. En mi casa, las había iguales y yo temía que quien lo hacía terminara precipitándose afuera. Estamos en un patio que me sé de memoria. Ahora es diáfano y está restaurado, pero yo lo recuerdo atrabancado de muebles y maderas de una carpintería, y oliendo al cuero de un zapatero en un costado. En las caballerizas, tenían los Chocheros una herrería y al más grande se le erizaban los pelos cuando sus hermanos le daban martillazos al hierro que él sujetaba sobre la fragua. La piedra del palacio que se quemó está más clara gracias a la restauración. Todo está más claro porque ahora es para mirar. La función de la vida le daba otro aspecto, como el de las pieles que se escaman y regeneran sus células y aún no se han convertido en el recubrimiento de cadáveres. Recuerdo a esta ciudad cuando la lluvia la ensombrecía, cuando el musgo amarillo adornaba las paredes, cuando una hierba tímida crecía entre las llagas de las losas, cuando sonaban los timbres de las puertas, cuando rechinaban las maderas y las vidas de las familias ardían en el interior de las viviendas. Cuando salía humo por las chimeneas y el aroma de los estofados inundaba los alrededores, cuando los niños lloraban sus castigos de cara a la pared y el sonsonete de la tabla de multiplicar se escapaba por las ventanas de las clases para que los viandantes también se lo aprendieran. Cuando la doctrina se enseñaba en las capillas y la gente se arrodillaba al sonar la campanilla del viático. Seguimos calle arriba y entramos al claustro donde estudiaron hombres que luego fueron importantes. Todavía huele a matemáticas y a filosofía, y esto parece incompatible con la cantidad de tabernas que lo rodean. Sin embargo, es verdad, y el saber y la cultura lo impregnan todo como una pátina. Creo que actúa como un factor dominante. Lo otro es lo recesivo y se pliega ante la fuerza de ese carácter que hace a esta ciudad diferente a todas las demás. Estoy hablando de La Laguna.

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