Decía Baudelaire, que tenía brotes de cinismo calculado, que no entendía cómo una mano inocente podía tocar un periódico sin sufrir un estremecimiento de disgusto. En general, los escritores de libros y los pensadores suelen despreciar al periódico y a los periodistas, en ocasiones con mucha razón y otras con menos razón. Muchas veces se subtitulan los nombres de los periodistas conferenciantes y presentadores de libros con la muletilla de “periodista y escritor”. El gran César González-Ruano se burlaba de eso y decía que es lo mismo que si el propietario de una barbería pusiera su nombre en sus tarjetas de visita y, debajo, la coletilla de “peluquero y barbero”. Ahora que ando con citas, don Marcelino Menéndez y Pelayo afirmó, contestando a algún mindundi, que “no quiero hacerle a usted la afrenta de llamarlo periodista, aunque algo tiene de eso en sus peores momentos, sobre todo por el abandono del estilo y la copia de galicismos”. Todo eso es rigurosamente cierto, igual que acertó quien dijo que un periodista es una persona que opina de todo y que no sabe de nada. Yo he tenido muchas veces esa sensación, pero como hay que ganarse el pan de todos los días, la osadía es la principal arma de una profesión de la que Oscar Wilde dijo que el periodismo es ilegible y la literatura no se lee, cuando alguien comparó al uno y a la otra. Lo cierto es que he llegado a la edad carrucha sin un duro, al contrario que otros, lo que me da a entender que algo he hecho mal y que la gente me ha cogido el truco y nadie suelta un euro indebido, porque, como me dijo una vez un señor empresario, yo mi dinero lo quiero para mí. Y tenía muchísima razón.
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