por qué no me callo

Europa vota en el diván

dentro de exactamente dos semanas, Europa votará en el diván. Conteniendo la respiración, tratará de saber qué le pasa, con qué fuerzas cuenta, cuántos son sus aliados y cuántos sus enemigos. Nunca se jugó tanto desde los primeros comicios europeos de 1979.

No parecen elecciones, sino una prueba de fuego, como, en la antigüedad, el vuelo de los pájaros servía para saber el fatum, el destino. La sibila de este 9 de junio ha de pronosticar los vaivenes previsibles tras el nuevo equilibrio de fuerzas de esta X Legislatura continental hasta 2029. Los riesgos no son menores. A tenor del escrutinio, Europa se sentirá reforzada como potencia de naciones libres o temerá tener los días contados.

El desafío es monumental, en un momento singularmente crítico, con las guerras al rojo vivo en Ucrania y la franja de Gaza (un bombardeo israelí este domingo incendió un campamento de desplazados de chapa, plástico y tela, causando la muerte de, al menos, 45 personas, más de la mitad niños y mujeres). Y, en medio de este clima bélico, los dirigentes de la Unión Europea afrontan la amenaza de un posible ataque ruso. Escenario que dependerá de dos factores en pocos meses: una Europa debilitada al cierre de las urnas en junio y la vuelta de Trump a la Casa Blanca en noviembre.

El más directo vidente (y más apocalíptico) es el presidente francés. “Europa puede morir”, avisó Emmanuel Macron en La Sorbona y ahora en Alemania: el miedo a una guerra europea y a un mundo que cambia aviva el auge de la ultraderecha. Este sería el plebiscito de ese miedo. Dará aliento a la Unión Europea o a Putin en Ucrania.

Zelenski visita España, antes de la cumbre de paz en Suiza el 15 de junio, bajo el temor (los miedos se acumulan) a la pérdida de Járkov y bajo las pruebas de bombas nucleares tácticas de Rusia un tanto sospechosas. ¿Acaso piensa utilizarlas? Bruselas y Borrell hablan por eso de crear una defensa disuasoria propia, al margen de la OTAN, ante el eventual desapego de EE.UU. si no sigue Biden.

Europa contiene la respiración y convoca a un censo de 360 millones de personas. En Alemania, Bélgica, Austria y Malta (España todavía no) podrán votar ahora los jóvenes de 16 años. Más inquietud: a esa edad hoy se es probablemente ultra. Son unas elecciones existenciales. “No podemos dar por sentada la democracia”, confiesa la presidenta del Parlamento Europeo, la conservadora Roberta Metsola, coincidiendo con Pedro Sánchez, pese a estar en trincheras enfrentadas.

La izquierda está en horas bajas, con la salvedad de Sánchez, que sale de una incontestable victoria en Cataluña; hoy reconocerá al Estado palestino, refrendado por el terrible ataque israelí, y pasado mañana (Día de Canarias) aprobará en el Congreso la ya casi mansa ley de Amnistía, con viento a favor en las encuestas.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, admite posibles pactos poselectorales con la extrema derecha italiana de Meloni, lo que rompe el dogma de la actual coalición de conservadores y socialistas, la que dice Yolanda Díaz que Feijóo se calla. Marine Le Pen ha expulsado de su lado a la neonazi Afd alemana para intentar tocar poder sin vetos.

La ultraderecha ha crecido a costa de la inmigración, con un persistente discurso xenófobo. En España, hemos presenciado la injerencia de Milei, histriónico animador de la segunda generación del arquetipo, Trump. Estos son los bufones de una alternativa que cruza el charco para llevar a cabo su cruzada en Europa, el Viejo Mundo. Con aires de venganza.

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