tribuna

Lo que no cambia

Otro sábado con Antonio Muñoz Molina. Hoy habla de un anuncio de Apple, que ha sido retirado, en donde se materializa la demolición de nuestros modos culturales. Con ello, se demuestra en qué lugar reside la planificación de lo que pretende ser nuestra sociedad. Lo equipara a un cuento de Borges en el que un grupo invasor arrasa con los vestigios de otro al que pretende borrar del mapa. El artículo es un manifiesto resistente cargado de nostalgia por lo que está a punto de dejar de ser. Leyéndolo con atención, veo ahí la historia del mundo, de sus sustituciones y de sus obsolescencias. Muñoz Molina representa el último esfuerzo de lo que se resiste a desaparecer. Nuestro mundo es cambiante, pero también está lleno de invariantes. Quiero decir que existe un eon constante que va adjunto a la naturaleza de los hombres y pone como ejemplo a una fórmula química para recordarnos de qué está compuesta la materia de la que formamos parte. Después, la cosa no es tan grave, porque siempre estará el escritor por encima de la tecnología para recordarnos que algo de lo que se va se queda, como un testigo de nuestra ligazón con la naturaleza, en el sentido de que los sentimientos también forman parte de ella, o, en la mayoría de los casos, es ella la que nos los inspira. Las organizaciones sociales pasan de moda, pero los objetivos que persiguen siguen estando ahí. Lo que cambia son los métodos. Vivimos un tiempo en que los grandes castillos ideológicos son superados por los grandes castillos tecnológicos. Empleo la idea del castillo en el sentido en que lo hace Kafka en su novela. El problema es que siempre ha sido así y nos negamos a verlo sometido al prisma local de las lealtades intelectuales. Antonio Muñoz Molina presenta estas reflexiones envueltas por el maravilloso excipiente de la literatura. Esto hace que su mensaje sea superior y, en ciertos aspectos, irresistible a su admisión. Abrir el campo de batalla, ampliarlo como dice Houellebecq, es saludable para ver las cosas de otra manera, sin perder ese sentido estético que le aporta una visión global o universal. Alivia mucho pensar que todo es un deja vu, que no hay nada nuevo bajo el sol, como decía el Eclesiastés, porque, si el sol está ahí, impasible, calentándonos desde las alturas, todo lo que está invadido por sus rayos está limitando su novedad, a menos que la petulancia de algunos haga parecer que las cosas son de otra manera. Todo pasa y todo queda, como decía Antonio Machado. Al final, solo nos sirven los poetas para entender lo que somos. Esos hombres capaces de condensar una idea en unas pocas palabras que van a dar satisfacción a nuestras preguntas. Algunas tardes, me reconforto con Margarit, haciendo el ejercicio absurdo de recordar lo que no cambia. Si no cambia, por qué lo tengo que recordar. Sin embargo, esta acción de revivir a la memoria me es tan imprescindible como subirme a la bicicleta estática o flexionar mis brazos con las mancuernas. La vida tiene algo de intimidad, porque la intimidad es el refugio del que disponemos los escritores para componer una página que quizá no sirva para nada, esas que rellena Antonio con su estilográfica de segunda mano. Mientras tengamos esto, nada se pierde del todo, aprenderemos a convivir con las nuevas tecnologías y, tal vez dentro de un tiempo, pasarán a formar parte de la nostalgia de lo que nos abandona, y vuelta a empezar. Por el momento, seguimos aquí.