superconfidencial

Los días y las horas

Cuando uno tiene poco que hacer, las horas y los días son interminables. Además, ya no controlas tu organismo: cada vez que me acerco al stand de las coca-colas me sobreviene un apretón. No sé si será un mensaje divino para que me abstenga de beber esa pócima americana, o qué, pero no me ocurre con cualquier otro producto, así que tengo que mandar a alguien a traerme las litronas de cola, hago acopio de ellas, en contra del consejo de mi médico, y por la noche vuelvo a sufrir el apretón, pero a causa del exceso de consumo, no de la proximidad del mejunje. Como el Supercor más próximo se encuentra a un kilómetro de ida y a otro de vuelta (cargado con dos bolsas para mantener el equilibrio, como los porteadores de Malasia), procuro ir en coche a hacer la compra, pero el tráfico estaba cortado. Es curioso que cada día me cueste más hacer las cosas, no necesariamente por causas físicas, sino por una gandulería secular que le sobreviene a uno con la vejez. No es bonito haberse convertido servidor en un viejo cagalitroso, como diría el gran Álvarez Guedes, sino que a uno le gustaría poseer el secreto de la eterna juventud para hacerle el juego a Oscar Wilde con su retrato de Dorian Gray. En fin, que me eché a la calle, en medio de una multitud, el sábado en el Puerto, y creí que nunca llegaría a casa, cargado como iba con las bolsas del sucedáneo de El Corte Inglés. Cuando lo conseguí había tocado el paraíso, con las anchoas, el parmesano, los piquitos de pan y el jamón serrano. Lo posterior superó al sacrificio, como es fácil deducir, pero las pasé canutas, más que nada por el apretón.