Si un dirigente canario de la última hornada abrazara el lenguaje populista que se abre paso en las redes sociales y hasta en las quinielas de la Casa Blanca, quizá propondría, ante el boom migratorio, amurallar las Islas, parapetarlas como a México, y, ya en pleno éxtasis, juraría geolocalizar San Borondón y fortificar sus costas.
En Cataluña, donde hoy votan para decidir la nueva Generalitat, la inmigración es uno de esos temas estrella de la chistera del fango, que está de moda. El populismo es de izquierdas y derechas. Y en lo que nos concierne, el efecto cayuco, es la parte mollar del discurso conservador, donde se dan hasta codazos. El PP copia a Vox, con el que empataba en las encuestas catalanas, como si fuera su referente familiar, le plagia de ese modo confianzudo que solo consiente el parentesco. En Cornellá, Feijóo sentenció tirando de bulo: “Pido el voto contra el inmigrante que viene a ocupar nuestras casas”.
Hemos dado un salto cuántico. La derecha se mimetiza con la ultraderecha. En Cataluña y en Europa, siguiente escala electoral (9 de junio). Y el inmigrante paga el pato. Para hacernos una idea, si alguien ahora dirigiera contra Europa una ola migratoria como la de la crisis de los refugiados de 2015 o la de Lukashenko con iraquíes y africanos (en vísperas de la invasión rusa de Ucrania), arrasaría la ultraderecha en las elecciones al Parlamento Europeo, mordiendo en su carnaza favorita.
Demostrar ser más xenófobo con los inmigrantes da votos (esa pústula variolosa). Al igual que se ha creado en España un público afín al blanqueo de la dictadura y el boicot a la memoria democrática, como vemos con los secreteos de concordia de PP y Vox, repudiados por los relatores de la ONU.
Canarias, que es la comunidad más afectada por la ruta más mortífera del mundo, soporta el peso de la migración africana a Europa por esta puerta sur. Y la pequeña isla de El Hierro se lleva la peor parte, como puerto destino de la travesía mauritana. La UE, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo, Charles Michel, miran para otro lado. Hablando claro, Bruselas fue alejando el problema, en acuerdos y desacuerdos con Turquía, Nigeria, Níger o Serbia, y ahora que lo tiene aislado aquí abajo, en la RUP canaria y en la remota isla de El Hierro, donde menos les duele a las grandes capitales, no esperemos milagros.
Su indiferencia es tan coherente con los intereses de la aristocracia europea continental como desoladora para unos isleños dejados a su suerte que tienen que apechugar con la inmigración sin más esperanza que esperar estérilmente.
Esperar a que el PP se enternezca y apoye el reparto obligatorio de los niños africanos a las restantes comunidades españolas. Esperar a que en Europa no barra la ultraderecha (dentro de 28 días) porque seríamos degradados a la condición de cárcel perfecta de subsaharianos en la efervescencia de El Sahel tras la marcha de los contingentes europeos (que para nosotros es un dèjá vu de aquella chapucera descolonización del Sáhara hace 50 años).
Y esperar, por último, según las previsiones del Ministerio del Interior, la llegada en 2024 de 80.000 migrantes, el doble que en 2023. De no haber solidaridad con Canarias, el colapso de los recursos de acogida sería descomunal, con los pertinentes brotes de racismo: no es distopía, es leña en la hoguera que más acarician partidos como Vox aquí y en toda Europa.
De este modo se han colado los cayucos de Canarias en el debate electoral catalán y europeo. El asunto está abriendo la agenda política del presidente Clavijo, que acaba de ultimar con el ministro Torres la reforma de la Ley de Extranjería para el reparto obligatorio de los menores africanos no acompañados (5.500, a fecha de hoy, tutelados por la comunidad autónoma). El PP es socio del Gobierno con CC y no parece creíble que contemple desestabilizar Canarias en un escenario límite. Pero hay sospechas de que Feijóo, con la conminación de Ayuso y otros barones territoriales del PP, esté pensando en tumbar la reforma migratoria de Torres como si lo hiciera contra la amnistía. Con ese rictus. Nadie querría estar en la piel de Manuel Domínguez para impedir una crisis de Gobierno. Se habrán celebrado las elecciones europeas y dependerá del nuevo clima político que salga de las urnas (si hay más involución o se renueva el pacto de izquierdas y derechas), a los efectos del diktat que emita la sede popular de Génova a su líder vicepresidencial en Canarias.
En los albores de la legislatura, Domínguez ya tuvo que reprender a sus colegas mesetarios más despreciativos con los migrantes (los trataban de fardos, animales, foco de tifus o salteadores de camino), y los instaba a venir a ver con sus propios ojos cómo llegaban sin resuello a la Restinga.
La Europa que acaba de celebrar su Día termina mandato con un pacto in extremis de Migración y Asilo, por si fuera inviable hacerlo en un próximo Europarlamento escorado a la derecha. Ursula von der Leyen no vino a El Hierro como sí hizo con Lampedusa. Y eso que en la Isla del Meridiano la habrían recibido con los brazos abiertos, como La Gomera a Merkel.
Sufrimos nuestras víctimas en solitario, por más que Ylva Johansson, la comisaria europea de Interior, mencionara aquí el latiguillo de que “Canarias no está sola”. Es una guerra silenciosa: el éxodo del hambre y la violencia en África se cobró en 2023 más de 6.000 vidas en estas aguas. López Aguilar lo llamó esta semana “la vulnerable frontera sur”. Después del 9 de junio, es muy probable que el viaje de Von der Leyen a Canarias se caiga de la agenda, porque no tendrá quien la presione en una Europa Milei. Bruselas pondría más distancia por medio. Hagamos votos por que Francisco acepte finalmente nuestra invitación. Que venga el papa y lo vea.

