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Sueños de catarro

Inmerso en un resfriado que lleva un mes instalado en mi cuerpo, los sueños casposos me persiguen. Soñé que había visitado una misión católica en África donde imperaba la corrupción y el disparate y sólo un cura se mantenía ajeno a ellos, cumpliendo ejemplarmente la tarea encomendada. El cura tenía la cara del padre Antonio, el fundador del hogar portuense de Santa Rita, aquel que vendía trozos de cielo y había sido boxeador en la selva venezolana. Más tarde, la trama se extendía por aeropuertos africanos, en los que era imposible abordar un avión y en la discapacidad de los diplomáticos españoles para cumplir con su labor en favor de los ciudadanos en apuros, como yo. Nada que no se sepa. Un amigo me dice que reúna esos sueños y los haga libro, pero yo a lo que acostumbro es a contarlos aquí, y prontito, para que no se me vayan de la memoria. Es curioso, el sueño de anoche tenía un fondo de color espeso, como de banano podrido, los azules eran tristes y los verdes apagados, y probablemente esos colores respondan a lo pesimista de la visión nocturna de un África triste y desolada, sin esperanza. Aparecía la monja lesbiana y abusadora de la serie El joven papa, Leny Belardo (Jude Law), creado por Sorrentino y, por tanto, surrealista; un pontífice norteamericano ultraconservador de menos de 50 años que accedió al papado con el nombre de Pío XIII y que aplicaba castigos ejemplares a los corruptos de la curia y de la Iglesia, hasta que cayó, fulminado, cuando por fin se decidió a mostrarse en público. Un papa con muy mala leche, que sin embargo puso en evidencia los males que aquejan a la organización eclesial. El sueño fue muy perturbador y extraño, como todos los que me sobrevienen últimamente, pero es lo que hay.

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