tribuna

Colonialismo lingüistico (1)

Por Marcial Moreta. De dos maneras radicalmente distintas suelen hacerse las lenguas naturales con el territorio que ocupan, y las dos tienen profundas repercusiones tanto para las lenguas mismas como para sus usuarios: de manera tradicional y de manera colonial. Lo hacen de manera tradicional cuando formalizan la realidad que les concierne de forma paulatina, a medida que esta va siendo desvelada por sus propios hablantes, ampliando así de forma natural el campo de uso de sus voces y el número de elementos de sus familias de palabras. Así el castellano que surgió en el condado de Castilla hacia el siglo X de nuestra era, que era mera evolución natural del sistema fónico, gramatical y léxico del latín que se venía hablando en el lugar desde los lejanos tiempos en que la Península Ibérica había sido ganada por Cornelio el Africano para la causa de la vieja Roma. No hay en este caso ruptura con la tradición, sino desarrollo paulatino de ella.


Y las lenguas naturales se hacen con el territorio de manera colonial cuando irrumpen de forma más o menos violenta en él, ampliando de forma insólita el campo de uso de las voces y las familias de palabras que las caracterizan. Es el caso del latín que colonizó Hispania en el siglo III antes nuestra era, del bereber que colonizó las Islas Canarias en los albores de la era cristiana y del castellano que colonizó este mismo archipiélago africano durante el siglo XV y la América hispana a lo largo del siglo XVI, que adaptaron de forma más o menos forzada sus palabras tradicionales a las necesidades expresivas (flora, fauna, geografía, climatología, etc.) de la Península Ibérica, la primera, y de Canarias y América, la segunda, adquiriendo así acepciones y expresiones inéditas, que muy poco o nada tenían que ver con las tradicionales. Así las viejas formas castellanas panizo, almadía, sierpe, vaca marina y carnero, por ejemplo, que adquirieron en los inicios de la conquista americana los sentidos particulares de lo que más tarde había de denominarse con nombres taínos, arahuacas y quechua maíz, canoa, iguana, manatí y llama, respectivamente. Se trataba de adaptar la lengua a una realidad para la que no estaba hecha. El resultado de esta forma idiomática de apoderarse de los territorios es lo que podríamos llamar modalidades lingüísticas coloniales o criollas, distintas, en mayor o menor medida, de las modalidades lingüísticas tradicionales o metropolitanas, porque añaden una realidad exótica al idioma. A este grupo de dialectos pertenecen tanto el español canario como el español americano y el español guineano, cuyas peculiaridades léxicas se explican en buena medida por los mismos procesos de conquista y colonización que presidieron la ocupación de la Romania Nova. En todo caso, hay que tener en cuenta que, una vez aclimatadas a las necesidades expresivas de un lugar, las lenguas o modalidades lingüísticas coloniales evolucionan de forma natural a lenguas o modalidades lingüística de tradición. Español de Canarias y español de América fueron en principio modalidades lingüísticas coloniales o de ocupación, pero hoy son modalidades lingüísticas tradicionales, exactamente en el mismo nivel que el español de Andalucía o el español de Castilla.


En este proceso de ocupación colonial que comentamos, pueden ocurrir dos cosas radicalmente distintas. De un lado, puede ocurrir que el territorio colonizado se encuentre deshabitado. De otro, que el territorio colonizado disponga ya de población y, por tanto, se encuentre organizado por su lengua. En el primer caso, la ocupación o colonización lingüística suele discurrir de forma pacífica, sin más tropiezos que los que implica el desvelamiento de la nueva realidad y la selección de los nombres que en mayor o menor medida le hagan justicia. Es el caso del citado bereber que colonizó las Islas Canarias, que dispuso de vía libre para poner nombre a las inéditas flora, fauna, geografía y climatología del Archipiélago y a la cultura que iba surgiendo en él a medida que sus hablantes iban conociendo el nuevo hábitat y adaptándose a él. Surgieron así los nombres de Aguere y Añaza que dieron los guanches de Tenerife a sendos lugares de su isla, el de Ajey con que nombraron los majos de Lanzarote una pequeña zona del interior de la suya, el de Escanfraga, con que nombraron los majos de Maxorata una montaña de la suya, y el de Guayadeque, con que nombraron los canarios uno de sus barrancos, por poner un par de ejemplos.

*Catedrático de Lengua Española de la ULL

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