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El pasado

Ayer me llamó una joven muy simpática de la Junta de Andalucía, profesora de Filología Francesa de la Universidad de Sevilla, que está localizando a los participantes en unas sesiones de teatro celebradas en el Colegio Mayor Fernando el Santo de Sevilla, en el 70. Y como yo he escrito sobre mi juventud en ese colegio, me localizó. Es bonito recibir llamadas que recaban datos de episodios remotos. Tan remotos que los protagonistas han muerto casi todos. Lo sé porque, de vez en cuando, repaso esquelas históricas de ABC y los encuentro, ya despatarrados en los cementerios, bajo la implacable cruz. Yo creo que sólo quedo yo y me da que para poco tiempo si me sigue el puto catarro. Sevilla fue la ciudad de mi vida. Me corrí tantas juergas que un día me encontré en la puerta del colegio mayor a mi padre, con cara de pocos amigos. Había ido a buscarme, harto de mandarme el dinero de mi abuelo y de que yo me lo gastara tan alegremente como el personaje de Gerardo Roldán y Paz en La Casa de la Troya. Ahí comenzó mi carrera golfa, que no ha cesado, porque mira que me he visto envuelto en trapisondas durante toda mi vida. Total para nada, porque ahora soy todavía más pobre, después de ensayar en mil y un escenarios de todo tipo y con éxito mediocre. Pero teatro no he hecho, más allá de cantar Ay Jalisco, no te rajes, con siete años, en el Teatro Topham de mi pueblo, ante el estupor de mis padres y el jolgorio de la concurrencia. Cuando el jueves me vuelva a llamar la profesora sevillana le confesaré que teatro habrán hecho otros, pero servidor, nati. Parece que mi compañero de habitación, que ya ha estirado la pata, fue incluso director de aquella compañía de cómicos. Y yo, cargado en el Casino de Labradores.