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El regreso de Carlos

Carlos Díaz-Bertrana ha vuelto a la vida, sin necesidad de irse de ella. Puede decirse que ha tenido la suerte de los elegidos cuando le diagnosticaron un cáncer de pulmón y más tarde resultó que todo era la sombra maldita de una neumonía vieja. El viernes comimos Juan-Manuel García Ramos, él y yo para celebrar su jolgorio sanitario, maravillosamente tratado en el Negrín por el personal del hospital. A Carlos le quedan ahora las secuelas de las biopsias, que cuando son negativas no importan, pero duelen que joden. Aunque muy bien debe encontrarse porque comió como un sabañón, está más apolíneo y el periodo de confinamiento hospitalario se ve que le ha sentado de puta madre. Yo admiro a los amigos con suerte, a los que se sobreponen a las enfermedades (esta no lo fue) y a los que salen de ellas con elegancia. Carlos ha sido muy valiente, porque la preocupación ni siquiera se la noté, aunque me consta que existía. Sentí un enorme alivio cuando lo vi, como siempre, con la misma mala leche y su jerga enrevesada de Artenara, cloquío que sólo entendemos unos pocos iniciados y acostumbrados al sonsonete. Carlos se ha incorporado al despacho y hace bien porque desde que falta no ha salido otro libro negro de los artistas canarios, lo cual me parece una tragedia nacional. Había retirado de su escritorio todos sus objetos personales, porque pensaba que se iba a morir, e intentó pulir su pinacoteca, sin éxito, porque son malos años para el arte. Ahora, tras la resurrección, se revalorizará. A ver si también le cambia algún criterio neuronal para que Miguel Arocha y Facundo Fierro entren en la galería negra, ese café de artistas de papel mate que te lleva inexorablemente a la posteridad. Bienvenido, amigo.