Conocí a un tipo que tocaba fatal el violín, tan mal que te chirriaba. Llevaba el instrumento a todas partes y, cuando se aburría, que era casi siempre, le daba a la cuerda con tan poco acierto que hasta la momia de Erques se levantaba de su lecho, a sus sones. Yo creo que la mejor manera de traer a la momia de Erques a Tenerife es que venga nadando y que la saque del museo en la que se exhibe mi amigo, a los acordes del canon de Pachelbel interpretado con su Stradivarius, como un Flautista de Hamelin. Este hombre amenizaba bodas, qué digo amenizaba, las destruía y los enlaces acababan inevitablemente en divorcios. El tipo tocaba tan mal que descomponía a las bandas municipales, espantaba a los ladrones, detenía los tsunamis, cerraba los aeropuertos, colapsaba las notarías, suspendía los partidos de fútbol, hacía gritar a los enfermos, detenerse a los de Glovo y llorar a las chicas de la Cruz Roja. En fin, un desastre. Pero tal era su tenacidad que consiguió entrar en una orquesta sinfónica, que naturalmente quebró a fuerza de fracasos y desafinos, y mi amigo fue postergado y rechazado por las bandas a las que acudía en amparo. He contactado con él y le he dicho que se ponga a tocar por fuera de La Moncloa. Y lo ha hecho, pero allí se conoce lo que es la resistencia. Y nada, no se movió ni una ventana. Ahora, el violinista se sube a los tejados, como aquel de la película, y me cuentan que el ruido que genera se ha hecho insoportable. Cuando te toca un amigo músico malo lo mejor es huir, cambiar de casa porque no hay nada peor que una melodía mal interpretada. Y este estaba titulado, no como otras. Pero Dios no lo llamó por el camino de la música.
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