El preclaro Felipe González se expandió en la TV respecto al estado actual del que es (¿fue?) su partido, el PSOE. Partido por el que él tanto luchó, partido que reconvirtió en su momento y partido que pasó del pasado más pasado al moderno más moderno. Porque los grandes líderes como él actúan de ese modo, eso es lo que los hace refulgir. Y parece que en su conciencia eso es lo que queda. Los pactos que él fraguó eran dignos frente a los pactos que fragua el nuevo líder que no lo son. Lo cual da a ver lo que esa calurosa alma arrastra en el presente. El partido no es una entidad viva, de cambio y, como tal, una entidad a reconvenir.
Eso precisa Pedro Sánchez después de que la militancia lo pusiera en su lugar frente al alarido de los varones y de los líderes históricos. Y eso deja ver la preclara actuación del susodicho. No el proceder de un militante consecuente que se fusiona con el grupo, sino que arrastra al tinglado lo que su genio sancionó. De manera que negociar con los independentistas catalanes o vascos es espurio, constatar que ha de hacerse política donde se obró por obstrucción y repudio, con la Ley de Amnistía en su punto, es inconsecuente.
Porque este sujeto, no se sabe si por edad o por acomodo, ni lee ni valora los resultados; se amarra como un minotauro encarcelado a sus mansedumbres. Y ahí su pelea asaz. De donde algunos de los miembros carismáticos del partido, Rodríguez Zapatero en su cumbre, andan descarriados, han de volverse atrás, no han de elogiar, seguir y defender al actual presidente y su gobierno; han de andar en procesión hacia su feudo y postrarse de rodillas ante el magno, es decir, Felipe González, para pedirles humillados perdón por sus pecados y consejo y amparo a la proterva claridad que él representa. Es decir, repito, no un partido en marcha con actitudes y compromisos asumidos, sino un partido atado a lo que él fijó. Queda por saber si esta es en verdad una batalla, y como tal batalla dejará muertos por el camino, o si es una pataleta de engreído que nadie consecuente ha de valorar. Porque eso es lo que queda. Frente a la fuente del valor, del trabajo, de las perspectivas, de la efectividad y del buen gobierno hasta ese atajo ha bajado Felipe González. Falta por apreciar si, con el tiempo, como ha ocurrido con otros caros socialistas del pasado, encontrará acomodo en las listas electorales de la derecha o la edad lo hará callar. Mas ya lo ha conseguido. Pues el PP y Vox aplauden con alborozo sus resolutivas palabras. Se encuentra a tono. La derecha no solo lo entiende, sino que está dispuesta a alzarle una estatua en el centro de Madrid por su cordura. Guerra y González no votan al PSOE. Lo que nos quedaba por ver.
