tribuna

La Bodega de Julián

Ayer grabé una larga entrevista para TVC. Se cumplen 25 años desde que empezaron las emisiones, en 1999, y están haciendo un programa especial. Se llama 25 años contigo y a mi me sirve para rememorar 10 años pasados en televisión. Han pasado 14 y todavía está en el recuerdo de mucha gente. Los niños de antes son hoy mayores y saben que sus abuelos estaban todos los domingos atentos delante del televisor para ver algo que les gustaba.
La Bodega de Julián era un experimento para mostrar nuestras manifestaciones populares de una forma íntima. La mano de su director, Alfredo Ayala, intervenía sabiamente para meter el ambiente dentro de cada casa, y lo conseguía a base de envolverlo todo en la atmósfera adecuada, como hacen los pintores del barroco tiñendo al mundo con el pardo Van Dick. Luego pensé que 10 años de grabaciones semanales son 500 documentos que reflejan un hecho cultural irrebatible: el conjunto de modos y estilos variados que nos hacen estar unidos en lo diverso, como ocurre en cualquier otra región, en cualquier otro país o en cualquier otro continente.
Esta comunidad identitaria nos hace asimilarnos a una realidad universal más que acreditar diferencias locales. La música no tiene fronteras, por eso las coplas, las estructuras armónicas, la vestimenta y la danza son versiones de la misma cosa. Recordé unos programas grabados en Barquisimeto, Venezuela, con motivo de un festival en el que participaban varios hogares canarios. Me llamó la atención un grupo que vino de Sancti Spiritus, en Cuba, donde el colorido de los trajes de los bailarines, la alegría del baile, con tintes marcadamente caribeños, y la manera de cantar, indicaban que el folclore tiene una enorme capacidad de expansión adaptativa, tomando las características más significativas de los lugares donde se asienta. Por eso nos reconocemos abiertamente españoles, de malagueñas, de jotas y foliadas, centroeuropeos, de polcas y berlinas, y americanos contemplando al mundo a través de la rima de una décima.
Las tradiciones vienen escritas en romances antiguos que cuentan la misma historia en todas partes. Ya no se sabe en qué lugar el conde de Cabra quiere a la viuda, porque el amor puede surgir a la sombra de cualquier almendro, y ninguno es exclusivo de ninguna parte. Las coplas del salinero, de Fernández Gopar no se diferencian mucho del Martín Fierro, de José Hernández, y el a la mar fui por naranjas, que nos recordaba Pedro García Cabrera, está en Granada, en Asturias y en otros lugares de España.
Por este y otros motivos siempre he pensado que lo peor que le puede venir a nuestra cultura popular es el ombliguismo que asfixia a nuestra vocación totalmente globalizadora. Todas estas cosas pensé mientras una joven periodista, de nombre Noelia, me hacía preguntas con esa magia que tiene la televisión de esconder todo aquello que es innecesario ver.
Me acordé de que habíamos hecho 500 programas, 500 horas de folclore, y 500 horas de folclore dan para mucho, y me dije: esto no se puede quedar arrumbado en la estantería del recuerdo; hay mucha historia aquí para que nos decidamos a pasarla los archivos directamente, o la enviemos a la nube, o a la papelera de reciclaje, que es como se hace ahora con las cosas que se olvidan temporalmente, y me dije: esto merece la pena rescatarlo, hacer una selección comentada y ofrecérsela a un público renovado que no tuvo la ocasión de disfrutarlo. Qué mejor rescate que ese.
Por eso desde aquí me ofrezco, a quien corresponda, para llevar a cabo esta labor. No cuesta nada. Solamente ponerle un poquito de cariño a la cosa.