por qué no me callo

La canción del momento

Hay una sensación de hartazgo en la gente de a pie de cualquier latitud, perceptible sobre todo en Europa, tras el agobio de unos años opresivos con noticias que agrían el carácter y disgustan a quienes solo tienen por gesta sacar una familia adelante.

En la barra de un bar (y esta vez no es un tópico), una joven camarera comenta que en su casa no se hacen demasiadas ilusiones sobre el día de mañana, “porque luego viene el Putin y dicen que puede armarla en toda Europa”. Ese estribillo ha calado. Y no es una canción.

Hay una generación de progenitores que temen el ritual del telediario de sobremesa, pues se han endurecido en la batalla de la pantalla, soportando las imágenes de las guerras mientras dan de comer a sus hijos y se sirven ellos mismos. Es una suerte de examen de tolerancia de escenas que pueden herir la sensibilidad de la gente normal.

Pero se comprueba, en esa tesitura, que ya hemos dejado de ser normales, para acabar convertidos en estos seres involucionados y desconocidos, unos tipos duros de cine de acción, con la mala calaña de esta sociedad de primer cuarto de siglo.

Los horrores de Gaza o de Ucrania ya no sacuden nuestras conciencias, comemos mientras vemos los vídeos de Israel matando moscas a cañonazos o liberando a unos pocos rehenes a costa de dejar a otros sin vida por el camino bajo el fuego indiscriminado.

Ahora que han dado el premio Princesa de Asturias de la Concordia a la mítica agencia Magnum Photos fundada tras la Segunda Guerra Mundial, digamos que estos frentes de hoy, donde mueren bombardeados niños en calles o campamentos, porque son presas fáciles que suman en el ranking de víctimas civiles, dejan imágenes que creíamos desterradas, que asociábamos con los días más salvajes de la humanidad captadas por el visor de las cámaras de Robert Capa o Henri Cartier-Bresson.

En Suiza se ha sentado un centenar de países como en un himno para pacificar la invasión rusa de Ucrania que supera dos años de exterminio y dolor. Y otro tanto discutían en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, al hilo del plan de EE.UU. para el alto el fuego en Oriente Próximo después de ¡37.000 muertos!

¿Podemos seguir como si tal cosa mientras esa sangría humana continúa su curso? ¿Por qué cuando la guerra de Vietnam salía la gente a la calle a desgañitarse contra las armas y John Lennon y Yoko Ono ingeniaban encamadas por la paz? O sea, no había cosa que no se inventara para tratar de apagar el Infierno con todas las mangueras que hiciera falta. ¿Estamos nocaut, fuera de combate, sin ideas o quizá sin ganas? En mala hora…

Solo una cohorte exponencial de fanáticos embrutecidos en las sentinas de X, Telegram, Instagram y otras redes del mayor prestigio y credibilidad entre la moderna civilización rinde honores al desprecio a los derechos humanos en tales guerras contemporáneas.

En alguna ocasión, he sugerido volver a los años 60 y 70 de la canción protesta, a los alicaídos cantautores del compromiso social y, de paso, a los temas corales que se hacían contra el hambre por gente como Michael Jackson, Lionel Richie y Quincy Jones hace unos cuarenta años, aquel inolvidable ‘We are the world” (Somos el mundo).

Escuchando ahora en un concierto en Madrid a los canarios Valeria Castro, Pedro Guerra y Benito Cabrera, y en Tenerife el homenaje a Elfidio de Los Sabandeños (los cuatro, premios Taburiente de DIARIO DE AVISOS) supuse que ellos, por qué no, podrían dar el paso y lanzar un proyecto de esa naturaleza, cuando más urge, por el amor de Dios, una canción colectiva por la paz, por la paz, por la paz.

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