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La fiesta no se acabó

La fiesta no se acabó para el líder de Se Acabó La Fiesta, porque, después de comparecer ante los medios, la continuó en una discoteca madrileña y la prolongó en una segunda discoteca en compañía -sorprendente- del llamado pequeño Nicolás. El triunfo de esta agrupación de electores, que obtuvo tres escaños y unos ochocientos mil votos, prácticamente desconocida fuera de las redes sociales y cuyo líder, que recuerda por su comportamiento al presidente argentino, ha tenido problemas judiciales, es una de las grandes sorpresas de las elecciones europeas del pasado domingo. Se corresponde, además, con el éxito de las formaciones de la ultraderecha en Francia, Italia, Alemania y otros países, y el subsiguiente fracaso -relativo- de los partidos tradicionales de los populares, socialistas y liberales. Muchas cosas están cambiando en las sociedades europeas y en la denominada civilización occidental, por lo que no basta con lamentar y criticar el auge de los radicales, sino que debemos preguntarnos qué estamos haciendo mal.

Una de las cuestiones sensibles es, por ejemplo, la inmigración masiva incontrolada que estamos sufriendo y que es una de las causas que alimentan a la ultraderecha. Pues bien, hemos de analizar si la política de aceptar sin límites ni control, siquiera sanitario, a todos los que las mafias quieren enviarnos –y no mueren en la travesía- es una buena política. Por cierto, no entendemos por qué se aceptan a los menores no acompañados y no se les reintegra inmediatamente con sus padres o cuidadores, que han cometido un delito de abandono de menor y tendrían que ser identificados y obligados a aceptarlos. Tampoco entendemos por qué se tiene a los migrantes que salen de los centros de acogida deambulando por las calles sin documentación y sin un trabajo que les permita ganarse la vida. Y así podríamos seguir indefinidamente, porque la relación de los disparates que están perpetrando nuestros políticos en este asunto y en otros muchos es interminable. Lo sorprendente es que la ultraderecha no gane con mayor rotundidad.

A todo lo anterior habría que añadir la intensa corrupción que los ciudadanos perciben en la política del día a día. En España, por ejemplo, no hay muchos partidos que se libren de haber tenido a alguno de sus dirigentes en la cárcel; y lo que es peor, los partidos utilizan la corrupción como arma arrojadiza entre unos y otros, y para apoderarse de las instituciones. Ahora se involucra a la esposa de Pedro Sánchez, y el fenómeno ha alcanzado hasta a familiares del Rey.

El Partido Popular ha ganado de nuevo las elecciones, ha aventajado a los socialistas en setecientos mil votos y cuatro puntos, y ha conseguido conjurar al fantasma del empate técnico, que esgrimían las huestes de Pedro Sánchez. Sin embargo, estos resultados no le permitirían en unas generales llegar a La Moncloa. Sumar ha obtenido unos pobres resultados que han dejado fuera de Europa a Izquierda Unida y han obligado a Yolanda Díaz a dimitir, aunque sin abandonar el Gobierno, faltaría más. A pesar de su derrota, Sánchez lo ha celebrado con su capacidad infinita para tergiversar la realidad. Mientras tanto, la fiesta que alimenta a la ultraderecha no se acabará y seguiremos preguntándonos por qué no se acaba.

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