tribuna

Pulseras de luces parpadeantes

El fenómeno de Taylor Swift es de tal envergadura que cuentan que en Estados Unidos lo que más teme Donald Trump no es que lo condenen en el caso de la actriz porno a la que sobornó, sino que esta chica que se hizo famosa cantando baladas y ahora eleva el PIB allá donde actúa se vuelque a favor de Biden, porque el 5 de noviembre no las tendría todas consigo.

El mundo está lleno ahora de toda suerte de hechos disruptivos, de giros copernicanos y golpes de efecto. Dado su impacto en la cuenta de resultados, Taylor Swift sería un cisne negro, pero suena raro y desagradable aplicado a la novia de América con pulseras de luces parpadeantes. Sin embargo, le viene como anillo al dedo: es la metáfora que define un suceso inesperado que, para bien o para mal, conmociona a la economía y la sociedad. Sus conciertos de Madrid, pese a las quejas de los vecinos del Bernabéu por los decibelios, ha dejado un reguero inaudito de ingresos.

En cambio, Trump, el incombustible salteador de caminos, declarado culpable en un juicio penal (es la primera vez en la historia, pero estos líderes farisaicos se la saltan a la torera y la arrojan al estercolero), sería, alegóricamente, un rinoceronte gris, un evidente peligro que nadie parece tomarse en serio, confiando en una serendipia que toca la guitarra y baila como Taylor Swift.

Otro tanto sucede con las elecciones europeas del próximo domingo. El auge de la ultraderecha puede cambiar la historia (a peor) esta semana y no se detecta una alarma acorde a la dimensión del fenómeno. Todas las comparaciones son odiosas, pero hay fotos de gente retozando felices en una playa del mar Báltico pocas horas antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Otro rinoceronte gris.

A Abascal se le ve envalentonado tras el hyppe de su mitin en Vistalegre con la creme de la creme de la extrema derecha. Seducido por Buxadé (su número dos, de ascendencia falangista), anda crecido del éxito en Madrid con Le Pen, Meloni y Milei, y ha dejado patinando a Feijóo a falta de una semana de que esté todo vendido en las europeas.

A la par que Sánchez (con bríos de Clinton y de Suárez con Arafat) reconocía este martes el Estado palestino, el de Vox se plantó en Jerusalén para jalear junto a Netanyahu el bombardeo a los campos de desplazados de Rafah, con un plus de muertos civiles a beneficio del botín de víctimas del primer ministro israelí. Sobre este pesa el consenso de la fiscalía de la Corte Penal Internacional, la Corte Internacional de Justicia de la ONU y la diplomacia de la Unión Europea acerca de la violación de los derechos humanos. La palabra genocida sobrevuela a Netanyahu, que siembra dudas en su más fiel valedor, EE.UU., y la UE. La guerra de Gaza es lo que Borrell llama “la prueba ética mundial”. Biden, que arma con una mano a Israel y con la otra recaba ayuda para los palestinos, avala una solución de paz. Solo Sánchez sonríe, porque eso resta votos a los aliados de la guerra.

Netanyahu juega en la liga de Putin (sospechoso de promover incendios y sabotajes en países de la OTAN con tal de desestabilizar por desestabilizar); es un hombre que huye hacia delante, perseguido por la justicia de su país, y ya se ha cobrado 36.000 muertos, casi la mitad niños. ¿Frente a la condena universal, sus fans le instan a matar a más inocentes? No otra cosa se desprende de esas muestras de simpatía.

Hay una perversión de conceptos en la política española. Los adversarios de Sánchez se disculpan, genuflexos, ante el primer ministro israelí por el respaldo a Palestina tildándolo de cortina de humo a causa de la “corrupción del Gobierno y la familia”, sin reparar en que Netanyahu está acusado formalmente desde noviembre de 2019 de fraude y soborno en los casos 1.000, 2.000 y 4.000; un proceso interrumpido tras los ataques de Hamás del 7 de octubre y que se reanudó hace seis meses.

La coyunda PP-Vox entra en una fase de celos matrimoniales. Pero Feijóo no tiene a dónde ir si rompe con Abascal, y chapotea en el caso Begoña Gómez -exculpada por la UCO de la Guardia Civil-, a sabiendas del precedente que crea como jefe de la oposición. Ese ruido parece obedecer al aliento en el cogote por el relincho del PSOE y de Vox en las encuestas, no vayan a ganar los socialistas mientras Feijóo y Abascal se roban los votos.

La amnistía, que casi se había hecho vieja, era la tarea de Sánchez y ahora es la rabieta de Feijóo en mala racha tras la victoria del PSOE en Cataluña, el pinchazo de la última manifestación, los duetos de Abascal con Milei y Netanyahu (que él trataba de compensar ayer junto a Von der Leyen en La Coruña), y el scoop socialista del Estado palestino. Si Feijóo tuviera saldo, le consolaría pensar en Junts como un socio eventual y hasta Sánchez podría convocar elecciones si gana en Europa. Pero Ayuso es una sombra alargada. El jueves lo indignó otra vez anunciando por su cuenta, sin respeto a la jerarquía, los recursos antiamnistía al Constitucional de las autonomías del PP (y Page, según parece). Madrid no es Galicia. Ni tener a Tellado cerca evita la morriña. Y Aznar se olvida de que hizo el mismo viaje desde Castilla y León, no está siendo solidario con el colega de provincias. Esa bicefalia del Oso y el Madroño (Feijóo-Ayuso) va por mal camino como la arisca sociedad de la doble derecha (Feijóo-Abascal).

El blanqueo del franquismo será el estoque de Vox al PP. Abascal se atreve; Feijóo, no. Meloni blanqueó a Mussolini y abrió la veda. Si Europa el domingo que viene reescribe la historia para atrás, se darán las condiciones para empezar a oír que en España no hubo ni dictadura, ni dictablanda, ni dictanada, nada de nada.

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