Hemos vuelto al burdo principio del negro sobre blanco, sin grises ni más matices. Después de un largo período en que cotizaba el mestizaje de las ideas, el consenso y el estilo contemporizador. ¡Qué talante!, decíamos. Se prestigiaba la duda, la sabia duda cartesiana.
La vida cotidiana era más abierta. Nadie merecía tener la razón absoluta. La mezcla (el término medio o el sincretismo) era lo más natural, lo plausible. Había menos conformismo bajo la advocación de los intolerantes. Ahora impera el don de mando y el yo ordeno. Se han vuelto atributos de liderazgo y personalidad para una época drástica, de decisiones raudas y, a menudo, draconianas. Creo que es fácil inferir de ello este auge del autoritarismo populista radical. Hasta hace poco estaba mal visto; en esto también hemos ido muy deprisa, pero hacia atrás, como cangrejos supersónicos.
En la Transición y gran parte de la democracia, el ideal era el consenso (otra cosa es que siempre se ejerciera); ahora todo se ha simplificado e impera la polarización. Una fuerza centrífuga. Todos se alejan del centro. Hoy, Albert Rivera no se comería un rosco, tendría menos votos que Rosa Díez. Que nadie diga el centro murió, porque igual resucita, pero está missing. Las redes no han tenido piedad: crean monstruos insociables, incapaces de dialogar. La pipa de la paz se ha vuelto infumable. De nuevo, una deducción lógica: el resultado es este clima bélico.
Lo irreconciliable ya es una conducta de logro, un locus de control y se es visceral o se es débil. La última bronca del jueves en el Congreso por la amnistía es el prototipo. Los líderes rabiosos que vociferan con motosierras, amenazan a los jueces que los juzgan con ahorcarlos y sacan pecho con los bombardeos contra niños, estos arcontes epónimos airados están creando escuela. Es la animadversión como leitmotiv, la idiotización global.
Explorar -como un naturalista del siglo XVIII- un lugar, ya sea remoto, donde reine el sentido común, el respeto y las normas de convivencia es una empresa ardua. ¿Es el triunfo del odio sistémico? ¿Esto, en la práctica, era el metafórico apocalipsis? ¿Es, acaso, una fatalidad, el fatum (el destino)? Porque de esto es de lo que hablamos a diario en tertulias y sobremesas cuando alguien nos pregunta: ¿cómo ves la cosa?
Lo esperpéntico de esta rutina es que nos levantamos cada mañana propensos a cualquier nueva desdicha local, nacional o internacional, adictos a una ley de Murphy institucionalizada. Lo coherente de hoy es que nada lo es. Y lo inteligente no abunda, una vez entronizada la vulgaridad, y los que se ponen al frente suelen ser ineptos y malhablados. ¿Vamos de culo? Vamos a alguna parte. Desde luego, no hacia un paraíso. Ahora mencionar el infierno no asusta, se ha normalizado.
Sí, el domingo, en medio de este quilombo, vamos sobrecogidos a votar por Europa. No hay asomo de euforia, en esta columna tampoco. Y así llegamos a la última línea preguntándonos qué es lo siguiente.
