Cuando escribes demasiado y lees menos de lo que deberías -me ocurre ahora- puedes sufrir un riesgo evidente de sequía intelectual. Por eso acabo de agarrarme a La Trilogía de Nueva York, de Paul Auster. Nadie como Auster contó Nueva York; si acaso, en la noche de los tiempos, nuestro Julio Camba, el solitario del Palace, que escribió La ciudad automática. Para mí, el encanto de Nueva York empezó a perderlo la gran manzana cuando subieron los precios, que fue tras el periodo fronterizo del covid. No nos dimos cuenta, pero el covid trastocó nuestras vidas y las alteró hasta el punto de establecer una frontera entre antes y después de la pandemia maldita, que a mí me baldó. No la enfermedad en sí, sino las medidas restrictivas que trajo consigo. Ahora resulta que N. Y. es una ciudad donde el coste de la vida, al menos, se ha duplicado y a la que ya no vale la pena viajar, porque N. Y., con los precios allá arriba, no es N. Y. Y para un jubileta como yo, menos. Un jubileta ya no pinta nada en América, se debe quedar aquí, a dos pasos de su casa, por lo de las urgencias, que empiezan a ser numerosas y molestas. No vale la pena andar por ahí cargado con una tonelada de Fortasec y con la cara de un verde cagalitroso. Quien diga que el covid pasó por él sin tocarlo no tiene razón. Lo que ocurrió fue que no se dio cuenta, pero no existe nada peor que un confinamiento. ¿Para qué mantener las cárceles si se puede condenar a un arresto domiciliario? Sería mucho más barato para el contribuyente. Yo ni siquiera salgo fuera, hace como una década que no voy a Madrid, por ejemplo, que era también mi casa. Ahora sólo viajo por la televisión, menos apasionante pero más colorido.
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