por qué no me callo

Salvada Europa, Yolanda Díaz no se salvó

La renuncia de Yolanda Díaz a seguir al frente de Sumar por los pobres resultados del 9J es una baja colateral, pues Sánchez era la pieza principal de esta cacería. A Díaz no la ha abatido ni el PP ni Vox, sino el empate insultante con una fuerza de creación espontánea, que saltó a la palestra electoral imitando a Milei y Bukele, y cuyo éxito menor amenaza a todo quisque, pues refleja la caída en picado de la democracia en la trampa de los algoritmos y en las redes de la desinformación.

Ahí está el hito de estas elecciones, si Feijóo y Abascal (las víctimas potenciales del fenómeno que se ha llevado por delante a Yolanda Díaz, ya no eternamente Yolanda, de Pablo Milanés) querían tener tarea para casa tras unas elecciones que han cortado cabezas en varias plazas de Europa. Alvise Pérez fundó una agrupación electoral que logró el domingo, de tacón, tres eurodiputados y 800.000 votos, casi calcado a Sumar, bajo este nombre tan poco dudoso: Se Acabó la Fiesta. La vicepresidenta y ministra de Trabajo continuará en el Gobierno, pero las derechas tienen un problema para las generales: más dispersión.

En cuanto al round europeo, parece que se ha salvado un match decisivo. Europa seguirá en manos de europeístas de fiar cinco años más, hasta 2029. Aunque la cosa estaba fea, las serendipias han hecho su trabajo. Otro tanto cabe decir de España, donde la derecha vendió la piel del oso antes de cazarlo. Una vez más, el sabor de la amarga victoria lastra la apuesta del PP contra el sanchismo, como si se tratara de una tradición. No era ninguna falacia la ola de ultraderecha en Europa, pero se ahogó en el triunfalismo. Con más de 400 escaños de confesión europea (entre populares, socialdemócratas, liberales y verdes), no debería trabarse el paraguas a la hora de la reelección de la conservadora Ursula von der Leyen, una política que recuerda a Merkel como un pilar de esta Europa inestable. Los ultras, diseminados e indispuestos, crecen en número, pero no en la capacidad de influencia a que aspiraban en su asalto a los cielos.

Feijóo no erró únicamente el tiro en España, con una victoria pírrica que solo contenta a sus leales, sino que ha quedado con algunas vergüenzas al aire, decantándose de antemano por pactar en Bruselas y Estrasburgo con Meloni, la heredera de Mussolini. No hará falta, si todo va bien. El español descubría así sus filias, es proclive al abrazo con Vox y sus afines europeos, con tal de no tener cuentas con los socialistas (que son sus verdaderas fobias). Los zurdos, como a Milei, le chirrían. ¿Y ahora qué? Ahora toca tragar los sapos en España y en Europa. Queda Estados Unidos. La asignatura del 5 de noviembre. Si los reveses judiciales erosionan (o, mejor dicho, desnudan la verdadera faz) de Trump, y el anciano Biden presta un último servicio a la demenciada democracia de su país, podremos dormir tranquilos otros cuatro años. Si los veredictos de la justicia contra un defraudador, violador y golpista no bastaran para desacreditar a un candidato infame, que nos salve de nuevo una serendipia y salvemos también ese definitivo round.

España, vista a la derecha, es para ponerse a temblar. De ahí el meritorio 20-22 del PSOE frente al PP. Siendo cierto que ni la cumbre de Le Pen, Orbán, Meloni y Milei en Vistalegre sirvió para que Vox diera la campanada, a nadie se le esconde que el síntoma agravante de estas elecciones ha sido Alvise Pérez, con la fórmula de la nueva receta de ultraderecha, que jalea a los preferiblemente desconocidos cuanto más irreverentes mejor subidos al potro salvaje de los bulos en la ciudad sin ley de las redes sociales. Esta es la nueva academia de Platón y estos los cachorros de la nueva filosofía.

Feijóo fue perdiendo votos a medida que transcurrían los meses. En abril, le llevaba a Sánchez 11 puntos de diferencia; en mayo, ya eran siete, y en junio, se redujeron a cuatro. Un mes más y pierde las elecciones. Se obcecó con el regalo envenenado de Manos Limpias y se olvidó hasta de la amnistía con tal de “enterrar el sanchismo” metiéndose con la esposa del presidente. Ahora recoge los frutos, mordiéndose la lengua para no soltar un insulto, como Ayuso, contra Sánchez, que se lo ha vuelto a hacer.

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