tribuna

88º aniversario de la única quema de una iglesia canaria en el 36

En la madrugada del 26 de junio de 1936, la iglesia de El Salvador, de La Matanza de Acentejo, cuya fábrica databa de la segunda mitad del s. XVI, arde por completo como consecuencia de un incendio intencionado. Estos hechos tuvieron lugar en los convulsos prolegómenos de la lucha fratricida que rompió al Estado en la década de los treinta del siglo pasado.

La sobrecogedora historia de dos jóvenes desdichados del municipio, a quienes se acusó inicialmente de la quema de la iglesia de La Matanza, único templo que ardió en Canarias en aquellos años de locura política, hoy en día apenas es conocida fuera de los límites generacionales y geográficos de ese pueblo. Pero en su momento causó un revuelo absoluto en la sociedad insular, siendo la excusa que precipitó la adopción de un sinfín de detenciones primero y de encausamientos después, que terminaron de la forma más expeditiva posible: juicios sumarios, bajo la jurisdicción excepcional y con sentencias que condenaban a muerte en la mayoría de los casos. Jueces y fiscales procedentes de las familias más conocidas de Tenerife, se encargaron de ponerlo todo negro sobre blanco.

Se trató de unos acontecimientos propicios para el guion de una película. Pero, lamentablemente, hablamos de hechos reales. Resumidamente, la historia fue la siguiente.

Al estallar la Guerra Civil (18-07-1936), la quema del templo, acaecida semanas antes, fue el desencadenante propicio que usaron las autoridades policiales de la época para resolver todos los expedientes abiertos por atracos con resultado de muerte. Aunque inconexos, los mandos se apresuraron a hilvanarlos para publicar en los diarios locales que se había desmantelado una “peligrosa banda de pistoleros”, pertenecientes a la CNT/FAI (Periódico La Gaceta de Tenerife, 13-10-1936).

Investigaciones históricas han puesto nombre y apellidos al autor intelectual de aquel incendio, un cacique local con aspiraciones de grandeza, quien pensó que, con su sinvergonzonería, adularía a las futuras autoridades del cambio de régimen. Ironías del destino, recibió su némesis muriendo de un aparente infarto días antes de ser designado presidente del Cabildo de Tenerife. Otros aseguran que fue envenenado. No en vano, su familia política era conocida por haber perpetrado un sonoro asesinato cainita años antes. Pero los nombres que merecen ser recordados por la historia son los de dos desdichados jóvenes matanceros: Don Feliciano Pérez Jorge, alias “Raimundo El Matanza”, y Don Julio Trujillo Castillo, alias “Rosendo El Guirre”, de 28 y 25 años respectivamente.

Al primero se lo fusiló dentro de la macro causa 246/1936, llevada contra la CNT/FAI, en la batería del Barranco de Hierro de Santa Cruz de Tenerife, donde hoy se erige la refinería. Irónicamente, fue absuelto del delito de incendio provocado de la iglesia de su pueblo, en la que había sido monaguillo de niño. Un pírrico consuelo para su familia.

Al segundo, se lo interceptó en una cueva situada en los escarpados acantilados de Acentejo, donde se había escondido durante varios días. Acabó pegándose un tiro en la sien cuando las autoridades se disponían a obligar a su propio padre a sacarlo, no atreviéndose la guardia civil a penetrar en el lugar, ya que el fugitivo había dado muerte horas antes a quien lo había delatado, un miembro de la milicia de Acción Ciudadana.

Nunca se enjuició ni al autor intelectual ni a sus esbirros. Esa tarea correspondió a San Pedro.