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El fraude impresentable

Iba el recuento al 40% y ganaba la oposición 70-30, era imposible la remontada de los chavistas. Y entonces el Consejo Nacional Electoral (CNE) de Maduro se auto intervino, produjo un jaqueo a sí mismo, suspendió el recuento y lo siguió a ojo. La oposición dispone de las actas físicas y, por tanto, tiene la verdad en sus manos. Ganó claramente Edmundo González Urrutia. Pero el país va a seguir en manos de Maduro y del chavismo y ese será el final de Venezuela. Puede suceder que el pueblo se rebele, pero entonces se producirá un baño de sangre y nadie desea eso. Porque lo de ayer fue otro golpe de estado en toda regla, un golpe de estado informático, en el que participaban algunos personajes secundarios pululando por las calles, como Zapatero y Monedero. Creando ambiente. No hace falta decir por qué. Gratis, desde luego, no. Maduro, cuando el pastel se descubra por completo, estará en el escaparate de Latinoamérica y ha conseguido algo que es la denigración de un gobernante: dividir en dos la nación. Hay otros ejemplos cercanos. Ayer se cumplió una de las tres profecías: una era que ganara, otra era que saliera pitando y la tercera, la trampa y que se quedara. Salió la tercera, típica de las dictaduras mafiosas que quieren legitimarse, no por las armas sino por el control de las máquinas. Son las formas modernas de perpetuarse en el poder, es la asquerosa manera de hacer de la democracia no un abuso de la estadística –como la definió Borges, en un ataque de ira—sino una farsa. Maduro no aguantará mucho más, pero aguantará. El chavismo está tocado de muerte, pero resiste. Si Latinoamérica, Norteamérica –y Europa— retiran sus embajadores, tendrá que irse cagando leches. De lo contrario le darán oxígeno. A él y a sus sicarios.