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El huevo del marqués

Una vez vino por aquí Cristóbal Martínez-Bordiú, casado con la hija del Caudillo, a volar en ala delta. Y lo hacía muy bien el tío. Realizó una exhibición por la dársena y en el Real Club Náutico lo esperaba su gran amigo y compañero de Facultad de Medicina, Augusto Méndez de Lugo, cardiólogo como él. Y yo también estaba allí, porque Augusto me había telefoneado para que publicara las habilidades del marqués con aquella especie de cometa. Con la suerte, buena o mala, de que al aterrizar en una explanada del Náutico, o no sé si al salir del agua, que de eso no me acuerdo, al marqués se le salió un huevo del bañador, seguramente prestado, que le quedaba holgado. Ni que decir tiene que la especie se corrió y allí se concentraron las señoras bien de Santa Cruz, contemplando alborozadas las exhibiciones sucesivas del marqués y esperando ansiosas que se le saliera el mismo huevo, o el otro, no sólo para comentar la dimensión del escroto sino para general jolgorio y algarabía del personal. Hace tantos años que ahora no recuerdo si el marqués de Villaverde exhibió de nuevo, desde luego de forma involuntaria, sus atributos masculinos, o sólo ocurrió una vez, eso sí, en mi presencia. Doy fe de que aquel era un señor huevo del médico que realizó el primer trasplante de corazón en España a un desgraciado que duró vivo unas horas porque la impericia de Cristóbal como médico no dio para más, según decían las malas lenguas de la época. Aunque yo en eso no me meto por mi desconocimiento de la técnica del trasplante. Es de las cosas más esperpénticas que me han ocurrido en mi vida profesional, lo del huevo del marqués. Alguna vez creo que lo he contado, no sé si con estos detalles.