Hoy, puede decirse que el desarrollo económico y social europeo es terreno propicio para las ideologías cerradas pues la crisis política, económica, financiera, de orden general de estos años ha preparado la llegada de nuevos movimientos sociales y políticos de corte demagógico que aspiran a ocupar el lugar de los hoy maltrechos partidos políticos tradicionales. En efecto, las formulaciones de carácter ideológico encuentran hoy, también en Europa, ámbitos receptivos y homogéneos sobre los que asentarse a causa de las perentorias y graves necesidades sufridas por amplias capas de ciudadanos, que de nuevo han devuelto a la actualidad la asunción social de saberes políticos de salvación como son las ideologías cerradas. La ciencia, desprovista de principios éticos y al servicio del dominio y la destrucción del hombre por el hombre, ha demostrado su insuficiencia para resolver los males endémicos de la humanidad, rompiéndose aquel mito del progreso indefinido sobre la base del conocimiento científico y el dominio técnico de la naturaleza. Los sistemas de explotación económica que, junto al desarrollo científico-técnico, contribuyeron a explicar el increíble progreso económico de nuestro tiempo han tenido su paradigma inicialmente en el corazón mismo de Europa, con el nacimiento y desarrollo del primer capitalismo. Coetáneamente, hemos presenciado también el fracaso cierto de lo que podríamos denominar el primer liberalismo, con la imagen de los grandes suburbios de las metrópolis industriales atestados de miseria e indigencia. Europa, es sabido, acogió también a los protagonistas de una política internacional cegada por los prejuicios nacionalistas e ideológicos, que convirtió el espacio europeo del siglo pasado en el escenario más sangriento de cuantos la humanidad tiene memoria. Así, la barbarie totalitaria encontró su expresión más colmada también durante el siglo pasado, en el nazismo y el comunismo, con una huella que hoy se puede rastrear en las conciencias y la organización de los cuerpos sociales. El conflicto larvado durante la llamada guerra fría levantó en Europa el muro de la división, que más que un muro físico fue uno de recelos, desconfianzas, amenazas y miedos. El terror armamentístico, sobre todo el atómico, fue la plasmación visible de aquel conflicto, con el despliegue militar más impresionante jamás visto en la historia, precisamente sobre suelo europeo, en tiempos que se proclamaban de paz y vencido el monstruo nazi. La disipación del sueño americano, como una creación europea de ultramar, entendido como un mundo de posibilidades, de libertades, de progreso y abierto, cerró la salida a la desesperación y la angustia de los más desfavorecidos. El resquebrajamiento total del bloque socialista puso de manifiesto la profunda injusticia social escondida bajo aquellas estructuras políticas, o más bien nos la sirvió en imágenes, porque el ya lejano descubrimiento de la trampa estalinista había evidenciado la realidad del socialismo soviético. Al hundimiento del bloque político socialista hubo que añadir el desencanto que en las fórmulas ideológicas produjeron las múltiples y variadas manifestaciones de corrupción que se produjeron en las formaciones políticas que sustentaban aquellas ideologías. En resumen, estas anotaciones nos permiten atisbar que la intensísima experiencia europea del siglo pasado ha conducido al desencanto ante un modo de hacer política que, de un modo u otro, ha llevado a Europa a algunas de las mayores aberraciones de las que tenemos conciencia histórica. La realidad nos demuestra que no aprendemos, que los sembradores del odio y del resentimiento siguen activos, que el capitalismo salvaje sigue a sus anchas y que es menester volver a la moderación, al sentido común, al equilibrio. A la centralidad del ser humano.
