después del paréntesis

La justicia divina

La justicia divina habría de resolver la suerte de los nacidos en su absoluta fiabilidad, sin duda. Lo cual quiere decir que eso que llamamos “bien” es lo que triunfaría. Pero lo que sitúa al factor en su lugar es el revés, que, miren por donde, por lo general esa dádiva de la existencia, lo que proclama a lo sublime, no se da. Así, yo soy un santo, un probo santo pero se atisba que menganito anda al acecho en torno mío para clavarme el cuchillo por la espalda. O lo que es lo mismo, las cosas son como son no como habrían de ser. Y tal cuestión es lo que confirma al existente y al cosmos entero. Porque desde esa perspectiva lo que se llama “crisis” es lo que predomina. Las mujeres y los hombres programamos en conciencia y en valor a fin de que la entidad se corresponda con lo ético, la moralidad, la decencia, la justicia, la responsabilidad, la consecuencia, la conciencia, el cariño, la afabilidad, el respeto, la concordia, etc. Pero eso no ocurre. No siempre en las parejas el buen concierto es lo que triunfa, no siempre entre los amigos la correspondencia es lo que decora. Y abundan los encuentros con farsantes, se cuentan empresarios que van a la cárcel por delitos manifiestos, conocemos socialistas enfangados con la corrupción, curas pederastas, monjas que se salen de tono, papas que no creen en Dios, reyes que anduvieron por donde anduvieron, con amantes peregrinas y atesorando dinero sin conmiseración. Y más: sujetos que matan a sus mujeres por propiedad y a sus hijos por venganza, a un familiar por envidia, a los padres por dinero porque no se resisten a la droga; o que no se privan de derribar un avión lleno de pasajeros porque la Tierra no les corresponde; o reventar dos grandes edificios en New York por terrorismo; o que no se oponen a la destrucción, al extermino o al genocidio. Eso que creó una de las grandes religiones de este globo se vería como un fiasco grandioso. Pues toda la estrategia de Jesucristo fue taxativa. Se hizo hombre no por amor a los hombres (como proclamó la portentosa Sor Juana Inés de la Cruz que conoció al dios azteca Quetzalcóatl, el dios-hombre como Cristo) sino para vencer y acabar con el mal. Que no ocurre. ¿Ese Jesucristo que se dijo Dios existió o es una absoluta falacia? Lo que se llama la muerte de Dios, de ese Dios, se cumple. En un mundo de este modo satisfecho el que Dios no exista es lo cardinal. Horror de los horrores. ¿Qué cumple la aberración para el ser? Lo ya expuesto: no cumple para el ser lo que somos sino lo que debiéramos ser. Eso es lo que en verdad nos remata, atónitos y aberrantes nacidos, mundo cruel.