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La publicación de mis sueños

Un amigo mío periodista radiofónico me pide que publique un libro con mis sueños. César González-Ruano tiene recopiladas en un volumen de muchas páginas sus necrologías, que fueron excelentes crónicas periodísticas y muy bien escritas. ¿Un libro de sueños? Muchos han sido publicados aquí y otros no deben ser dados a conocer. Hace poco, la noche me trasladó a un lugar en el que había una mujer que me cautivó, aunque apenas logré conocerla. Era una emigrante del Este, quizá húngara o rumana, blanca, pálida, cálida, que se metió en mi vida y finalmente la encontré en un concierto, en una plaza de toros, sentada en una grada de cemento. No cruzamos muchas palabras pero le estuve dando vueltas a la mujer durante toda la noche, la busqué y la hallé solo para despertarme. Como siempre, intenté volver al sueño, pero los sueños que se cortan no se pueden pegar con otros. Los sueños más hermosos son aquellos en los que aparecen mujeres inquietantes y desconocidas, que al escaparse del propio sueño te dejan con una sensación de orfandad. Yo procuro hacer fichas de ellos nada más despertarme, porque sus tramas se desvanecen enseguida. Pero este de la mujer inmigrante y misteriosa ha permanecido en la memoria y lo rumio desde hace días, sin que pueda encontrar relación con una realidad pasada. Quizá futura, aunque ya no esté en edad de conquistas amorosas. Nadie sabe si los sueños son un subproducto del pasado y del futuro, o una mezcla de ambos. Todavía estoy buscando a una joven del sur que editaba un periódico, a quien conocí solo una vez y está presente desde entonces en un montón de sueños míos, siempre vestida de negro. La muerte no era, porque no me he muerto, aunque quién sabe. Los sueños son un arma de doble filo.

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