El problema político actual con mayor carga humana es el migratorio, pero, como bien sabemos en Canarias, se presta, como pocos, a la ceremonia de la desinformación y la espiral de las ocurrencias, a cuál más racista e insolidaria.
Ya no es solo la finca de votos particular de la ultraderecha, ni su nicho exclusivo de falsedades. Estos días, el máximo dirigente de la derecha tradicional, Alberto Núñez Feijóo (PP), asumió los bulos de Vox, y, sintiéndose cómodo en esa faceta, le plagió su propuesta más genuina a través de Tellado, su portavoz: que el Gobierno lleve a cabo un bloqueo naval en las costas africanas, frente a Canarias, para repeler la inmigración.
Cuando Vox patentó la idea, el entonces almirante jefe de Estado Mayor de la Armada, Teodoro López Calderón, objetó que la obligación “legal y moral” de un buque de guerra es rescatar a los migrantes, no cerrar el paso a las pateras. El lunes, un cayuco volcó frente a las costas mauritanas, con 159 víctimas entre muertos y desaparecidos. ¿Qué opina el PP? En 2006, durante la crisis de los cayucos en las Islas, buques de la Armada salvaron vidas en numerosos naufragios.
Como quiera que Feijóo, al parecer, no se ha enterado de la condición humana del problema ni de la ética militar de nuestras Fuerzas Armadas, la ministra de Defensa, Margarita Robles, le reclama que “respete la labor” del Ejército. Y no ha tardado el PSOE en especular si lo próximo será pedir “bombardear los cayucos”. En el equipo de campaña del británico Farage se sugería en privado que los soldados ensayen el tiro al blanco contra los migrantes en las playas de Inglaterra: “Que disparen a todos”.
En 30 años (la primera patera llegó a Fuerteventura en agosto de 1994 con dos saharauis a bordo con vida), ha habido decenas de miles de supervivientes en la ruta atlántica hacia las Islas, pero también una ingente cifra de muertos. La inmigración es una materia de estudio que en política pocos dominan. Confunden a los migrantes irregulares que llegan por mar (una minoría) con los regulares, que viajan en avión y cotizan a la Seguridad Social. Desconocen que Europa demanda inmigración para salir adelante. Alemania ilustra bien ese paradigma: necesita un millón y medio de migrantes al año por el bien de su economía. La derecha prefiere poner de ejemplo la Italia de Meloni, que abrirá en agosto dos centros en Albania para confinar a los náufragos que piden asilo en su país.
La imagen del invasor furtivo, y no del ser humano que quiere ganarse la vida y contribuye al desarrollo del país receptor, es una burda arma electoral de dudosa eficacia. Con esta premisa, Feijóo, en su viraje radical, pidió esta semana a Von der Leyen que Europa ayude a España a blindar las fronteras ante el “efecto llamada” y mencionó supuestos “resultados exitosos” de otros países.
La reunión del Gobierno, este miércoles en Tenerife, con las comunidades autónomas será el test de una cuestión divisiva: la acogida compartida por todos los españoles de los niños africanos tutelados por Canarias (unos 6.000) o la pretensión de que el gueto insular se perpetúe.
Es descarada la sobreactuación del PP en los temas que más agitan la caverna del partido (los migrantes, la esposa del presidente y las fobias judiciales a la amnistía), justo a raíz de tirar la toalla en el pacto de Bruselas sobre la renovación del CGPJ, al quedar en Europa entre la espada y la pared. Pero las mentiras se acaban pagando caro.
Véase Reino Unido, donde los conservadores han perdido esta semana el gobierno con bochorno tras 14 años en el poder engañando, entre otras cosas, sobre inmigración al servicio de una política embustera. Cuando en 2016 los británicos votaron a favor del Brexit, en aquel inoportuno referéndum de Cameron (el turista inglés habitual de Lanzarote), tenían la cabeza como un bombo con las invenciones de la derecha tory (Boris Johnson emergió de esa cohorte) acerca de los migrantes. Les dijeron que perdían las casas y los empleos por culpa de ellos. Y se lo tragaron.
Feijóo propagó el martes en Onda Cero un bulo de libro: que el Gobierno mete de noche en aviones a migrantes y los abandona en las calles del PP. Después dijo a los europarlamentarios de su cuerda en Portugal que los menores que están en Canarias son solo “la punta del iceberg”, antes de dar la vil consigna de pedir la intervención del Ejército. Si el PP boicotea en el Congreso el acuerdo entre Torres y Clavijo sobre la reforma de la Ley de Extranjería para que se deriven los niños al resto de España, perdería los estribos.
Abascal titubea acerca de ordenar a Vox que rompa con el PP en las autonomías que comparten, si aceptan a los menores. Feijóo, de plegarse, estaría salvando a cinco comunidades (las de PP y Vox) y sacrificando una, Canarias, donde cogobierna con CC, cuyo pacto tendría los días contados. El vicepresidente Manuel Domínguez (PP) recomendó en su día a quienes repudiaban en su partido a los migrantes que arribaban a Canarias (pedían que se les pusiera “una marca como a los animales”) que vinieran a verlos llegar a la Restinga sin resuello.
Feijóo no ha tenido el tacto que debiera con Canarias. Proviene de un pueblo tan americanista como el nuestro que emigró a Venezuela y Cuba, la diáspora que nos une a Galicia. Y un gallego que se precie debe estar al lado de Canarias y ser sensible sin mácula con la inmigración. El desierto y El Sahel no se van a mover de su sitio y no va a venir ningún partido a decirle a Canarias que se coma el marrón ella sola. No es de recibo.
En Francia, las ciudades con más migrantes votaron en junio tanto a la izquierda como a Le Pen. Esta es una de las grandes sandeces de la xenofobia europea: creer, como creyeron los ingleses hace ocho años y, a expensas de lo que digan hoy en las urnas los franceses, que al votar dando un portazo a los migrantes se les abren las puertas del cielo. Y resulta que son las del infierno.

