Una magdalena se hace con huevos, harina, leche, azúcar, aceite y levadura. Si le añades unas ralladuras de limón puede mejorar, pero para que salga bien se deben tener en cuenta las proporciones de sus ingredientes. Todo en esta vida debe estar proporcionado para que resulte aceptable. Yo escribo cada mañana un texto que suele ocupar un folio y medio. No estoy seguro si es suficiente o si me extiendo demasiado. Para hallar el equilibrio debería testar a cada lector y luego sacar la media. Imagino que así hizo el autor de las recetas de las magdalenas cuando las propuso por primera vez. Esto sería lo correcto en el caso de suponer que las magdalenas son democráticas, pero las magdalenas no lo son, o al menos a nadie le interesa que lo sean. Lo primero que hago los sábados es leer el artículo de Muñoz Molina en El País. Es de lo poco que queda, junto con el esporádico de Javier Cercas, que ahora lo acompañará en el sillón de la academia. Hoy empieza hablando del aniversario de Normandía y de los bombardeos inútiles una vez que la guerra estaba prácticamente decidida. Parece como si la violencia estuviera sometida a una inercia que no se puede controlar. Muertos civiles o militares, qué más da, al fin son muertos que esperan conformes su homenaje anual en un solar lleno de cruces blancas perfectamente alineadas. Dice que en la versión de los campos de concentración se tienen más en cuenta las imágenes de la lista de Schindler que la realidad de las largas colas de escuálidos judíos marchando al sacrificio. No sé si es verdad. Es difícil hacer balance con estas cosas. Acaba su artículo en el escenario de 1936, con la barbaridad invadiendo las calles, sembrando el terror de parte y parte. Yo escribí un libro con las cartas de mi abuelo atrapado en Madrid esperando a la muerte. No me gusta esa memoria y a Muñoz Molina tampoco, pero de algo hay que escribir. Le damos a las teclas y sale lo que sale, como en una magdalena. ¿Dónde está la proporcionalidad de lo que escribimos? Antonio se extiende algo más que yo para expresar lo que quiere. Sus magdalenas son mayores que las mías. Le salen más esponjosas aunque tengan la misma cantidad de huevos, de leche, de harina y de azúcar. Luego me detengo a pensar en cómo conseguir que de la síntesis surja una idea satisfactoria. Al final es solo cuestión de palabras. Hay algunas que son claves y hay que saber colocarlas en el texto. Pasan desapercibidas, pero tienen el peso suficiente para aportarle carácter a lo que se dice. Memoria, violencia, muerte, son contundentes. Están ahí, adornando a lo escrito, aportándole el dramatismo necesario para que deje de ser amable y se convierta en una denuncia. Algo pretendemos los autores al mezclar a la memoria con la violencia y con la muerte. Es un acto reflejo que expresa una sensación latente de desagrado. En ocasiones el subconsciente se nos cuela en lo escrito sin que nos demos cuenta. Nos pasa a todos.
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