El euro reacciona bien a las elecciones en Francia. Quizá sea debido a que se ha atemperado la subida de la ultraderecha anunciada por las encuestas o por la promesa de la unidad republicana de no molestarse unos a otros en la segunda vuelta. Bardella, el aspirante de Rassemblement Nacional a presidir el Gobierno, le ha propuesto un debate a Mélenchon y este ha rehusado. La extrema izquierda niega a la extrema derecha, como en todos lados. Algunos agitadores han salido a la calle y esto puede que fuerce a los macronistas a quedarse en su casa el próximo domingo. No todo está dicho. En Francia, también van de bloques, para variar.
La prensa francesa achaca el repunte del euro a las limitaciones de Le Pen para llegar al poder, aunque las reacciones del dinero nunca se sabe por dónde van. Hoy la he leído y se respira un cierto optimismo, a pesar de que aún no se han despejado las dudas. Lo que sí parece es que nadie se lamenta del batacazo del presidente Macron. Seguramente, por esperado desde hace tiempo y corroborado por el resultado de las europeas. ¿Cómo será la Francia de los próximos años? No lo sé. En buena parte, será como sea Europa y Europa será como sea Estados Unidos, y todo dependerá de todo, como ocurre en este mundo globalizado y, a la vez, revuelto en que vivimos.
Decir que Europa resiste es un eufemismo. ¿A qué resiste? Si se trata de la salud de los mercados, puede ser que sí, pero, si nos referimos a la paz social, la cosa se complica más a la hora de entenderlo. Parece que, en el debate entre buenos y malos al que se reduce la polarización, han ganado los buenos, pero lo cierto es que aquí ninguno son las hermanitas de la Caridad. Francia es un país apasionante, pero solo los franceses están en disposición de comprenderlo. Después de las barricadas del 68 y las carreras en el Boulevard Saint Michel, ganó las elecciones el general de Gaulle, que estaba como una reliquia en su retiro de Colombey les deux églises. En 1840, volvieron los restos de Napoleón y el aroma revolucionario se diluyó en unos minutos. Nunca se sabe qué va a pasar ahí.
Lo que es cierto es que nada va a detener al Tour y volveremos a ver a los vascos agitando ikurriñas en el Pirineo al paso de los ciclistas. Igual ganan la copa de Europa y todo se olvida y dejan de asaltar camiones en la frontera. Hace casi 3 años, eligieron a Mario Vargas Llosa como miembro de la Academia. Vargas sabe mucho de literatura francesa. En esto le respeto mucho. He leído varios textos suyos sobre el tema y lo corroboro. Desde hace unos meses, estoy metido con el Diario de André Gide y con el de los hermanos Goncourt, y esto me hace sumergirme de lleno en un ambiente que me interesa sobremanera.
Nada de lo que ocurre en ese país me pasa desapercibido. No lo voy a comparar con España porque no es comparable. Somos dos países católicos, pero con dos formas diferentes de interpretarlo. Hasta en el pecado somos distintos y, de vez en cuando, tiene que venir un gabacho a hacernos el retrato, como Teófilo Gautier o Prospero Merimée.
Menos mal que teníamos a Carmen Sevilla para decir que ella era la de España. De tarde en tarde, vamos a conquistar París, al estilo de Luis Mariano, o como hiciera Josep Pujol, el Pedómano inmortalizado por Camilo José Cela que tocaba la Marsellesa tirándose pedos. Esta semana tenemos aquí el Orgullo y, en Francia, se preparan para una segunda vuelta donde no habrá sorpresas. De todas maneras, repito que lo considero un país apasionante.
