Hay una experiencia de mi vida que jamás se borrará de la memoria: el tiempo que permanecí en Buenos Aires. Y no se borrará de mi memoria porque, en esa época, viví dos inviernos en un mismo año y fui privado de disfrutar del verano. Una prueba ingente que se grabó en mi cerebro. Porque una de las cosas que se instala en las personas es la presencia sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas del sol. Así ocurrió, acreditar que los argentinos celebran el nacimiento de Jesús cuando yo ando perdido en las playas o confirmar que ellos juegan con la nieve cuando yo transito Fuerteventura. Tal cosa fue la que comprobé cuando, asimismo, residí en Copenhague. Vi la facundia, la manifestación de los torsos desnudos mientras el astro rey doraba los canales de los muelles en el extraordinario puerto, barcas que surcaban con hombres y mujeres en las cubiertas con pocas ropas que los taparan. Miradas hacia el cielo pues el cielo brillaba. Y observé cómo los rostros caían hacia casi la inexpresión, cómo se perdía el sentido de la viveza en sus fauces, cómo se extinguía el proceder cuando la luz se perdía, cuando caían las nubes, cuando la lluvia insistía, la nieve proclamaba el nombre de los blancos y la noche comenzaba a inundarlo todo, sin señal alguna de fulgor. Por eso, esta es tierra de filósofos, me dije, de sujetos reconcentrados en sí mismos, de entes que no se comparten, que no salen de sí. Es lo que el adusto y gran Ricardo Piglia programó en un cuento suyo: Vacío. La historia de los pájaros que no emigran en invierno del norte al sur y tienen los días contados, por más que el viejo profesor salga al jardín de su casa para propiciarles comida; aun así, la muerte los acosa y acabará con ellos porque los ciclos están fijados: el buen tiempo está en la zona de descenso. Y eso es lo que ocurre, eso es lo que determina la firmeza de los ciclos. Que los noruegos, los daneses, los suizos, los rusos del norte y… se muevan y recalen en Canarias, donde el clima los sostendrá y la piel guardará para todo el año el expeditivo brillo que los alumbró. De manera que los traslados son fidedignos. Por eso, la llamada temporada turística, que es la de los movimientos expresos, se instala en esta tierra en los inviernos. Fuera de aquí, cosas y maravillas por ver. Aquí, el consagrado esplendor. De modo que el verano, en verdad, consigna esa armadura de las mujeres y de los hombres. No que nada esté donde debe estar, que se pierdan los conocidos y no se encuentren o que el rito de los amantes quede en suspenso; eso no, las conmociones que programan, proyectan y subsanan. El verano es el reflejo manifiesto de la vida. Y ello no tiene ni merma ni quebranto ni extinción en la subsistencia de los seres humanos.

