después del paréntesis

Kamala Harris

Lo que resulta ser EE.UU. es una construcción compleja, pero que, a partir de lo que impusieron los fundadores, se convirtió en el supuesto eslabón perpetuo del ser. La historia comenzó allá por el año 1607 y el desplazamiento desde Inglaterra de un grupo aguerrido que se asentó en Jamestown. Unos diez años después clavaron el principio motriz de la democracia en ese territorio: la Cámara de los Burgueses. En ella se discutía sobre economía, desarrollo, política, los parabienes sociales y los derechos individuales. Pero lo que asume el registro duradero es la llegada a Plymouth (Massachusetts) de los puritanos calvinistas, los Padres Peregrinos. Y de ahí la construcción condicionada. Si bien llegaron al lugar porque fueron ingleses huidos, su tenacidad, su honor y su conciencia civil se asientan sobre lo ya ganado para construir: son anglófilos, conservadores, protestantes y su idioma es el inglés. Y eso certifica a la entidad en el moderno, eso es lo que proclama Trump. De ahí sus cadavéricas proclamas racistas (contra los negros, contra los hispanos o contra quienes no se avengan al modelo); contra las ideas progresistas o contra otro idioma que no se corresponda, por ejemplo, el bilingüismo en español que allí se estima. Eso son, dicen los fundamentalistas nacionalistas y la ultraderecha. Por eso en campaña electoral el susodicho arremete de manera rotunda contra su contrincante, que es Kamala Devi Harris. ¿Qué muestra esta mujer en ese organismo exclusivista y excluyente? En realidad lo que EE.UU. manifiesta y se oculta tras el alarido de los promotores. Porque como cualquier territorio de frontera que nace al mundo después de los movimientos europeos de finales del siglo XV, lo que confirma a ese entorno es la multiplicidad. Así los llamados por Colón indios que allí vivían y fueron sojuzgados, desplazados, masacrados (los sioux, los comanches, los apaches…), los esclavos negros que trajeron para trabajar o la inmensa cantidad de inmigrantes de todo el mundo que componen en diferencia lo que se corresponde. Y eso, para desgracia de Trump, es lo que representa Kamala Harris. Que sustancia la mixtura. Jamaicana, negra, por padre, e india, blanca, por madre. De ahí que su tesón religioso sea dispar: o protestante por llegada o hindú por la transmisión de su madre. Y de ahí que aceptara un rito judío para casarse con su próvido, mesurado y sensacional marido (también abogado) Douglas Emhoff. De manera que lo que no soporta el sectarismo ramplón y contradictorio es que una persona tal sea en verdad quien lo corrobore. Que se graduara en Economía y Derecho por la Universidad de Howard, que asumiera desde muy pronto cargos de fiscalía (hasta la General de California en 2011-2017), que sea senadora y vicepresidenta, etc., etc., etc. Para más inri es reformista. De ahí el susto manifiesto de quien ve en peligro su segundo e infausto regreso a los cielos. ¿Qué es?, se pregunta: ¿negra, india? ¿Es norteamericana?, proclama. Además es socialista, ¡joder! Kamala Harris.