Me parece que fue Julio Fajardo quien, el otro día, se quejaba de que el tedio del verano, al que acompaña la falta de noticias, convierte a los periódicos en un aburrimiento. Y, ni corto ni perezoso, comenzó a hablar de los bucios, que son esas caracolas grandes de mar en las que pones la oreja y se escucha el ruido del océano. Es un tema socorrido hablar de los bucios en verano y revelar que no te los dejan recoger de la playa y llevártelos a tu casa, porque son altavoces protegidos por las autoridades del medio ambiente. Cualquiera es ahora autoridad en esa materia, como esa chica nórdica, a la que todo el mundo hace caso, menos yo, que la considero insustancial. Se llama Greta Thumberg y dicen que su actividad sobrenatural, o casi, fue un invento de sus padres, que dijeron que tenía poderes para preservar la Naturaleza. Pamplinas. Acabarán dándole el Nobel, con lo que se volverá a demostrar la escasa perspicacia demostrada por las academias y organismos suecos y de otros países nórdicos que lo conceden. Julio Fajardo tiene un bucio en su casa y yo tenía otro, precioso, en la sala de la casa de mi abuela, con el que escuchaba el mar. Pero una vez lo hice con tanta intensidad, y me sentí tan solo en medio del Atlántico, que me asusté y llamé a gritos a mi madre, que creyó que el niño se había vuelto loco. Y me escondió la caracola. Ignoro qué fue de ese bucio y del cabaret, con reservados incluidos a modo de casa de lenocinio, que con el mismo nombre -La Caracola- se alzaba en La Cuesta en todo su esplendor y donde, de vez en cuando, actuaba don Antonio Machín con la Nick and Randy dándole al ritmo. Ay, la memoria, Julio.
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