Se llamó Atreo. Fue el padre de los adustos Agamenón (el rey de los hombres en palabras de Homero, finalmente rey de Micenas) y de Menelao (luego rey de Esparta), el singular marido de Helena antes de que Paris apareciera en su ciudad y la guerra de Troya tuviera sustento. Mató a su hermanastro Crisipo por el deseo de ser señor de Olimpia. De ahí el exilio. Arribó a Micenas y se hizo con el trono porque el rey Euristeo andaba en la guerra, donde murió. El favor de los dioses: el mejor ternero para Artemisa. En la búsqueda del prodigio: un cordero dorado. Que el regente robó a la diosa en favor de su esposa. Mas el grande no sabía que Aérope alcanzaba la pasión con otro hombre, el hermano de Atreo, Tiestes. Hacia él el trofeo. Cuestión a interpretar, dedujeron los sabios: el denostado habría de dejar el reino en favor del astuto. Ocurrió. Hasta que lo sobrenatural ocupó el cielo: el sol se movió hacia atrás por mandato de Zeus. Atreo hizo constatar: su hermano no contaba con la aprobación divina. Recuperó el poder. Y como así fue, venganza por ser un marido burlado. En dos direcciones cabía la trayectoria del rencor: hacia su esposa y hacia el hermano. A ella la afrenta, al traidor un acto fidedigno: hizo cocinar la carne de los tres hijos de Tiestes y los dispuso en la mesa para el banquete. Con un factor añadido: reclamó en bandejas de plata la cabeza, los pies y las manos de los niños. El padre se convulsionó e hizo salir de su estómago los trozos que había ingerido. Habría de amarrarse la respuesta, la muerte del terrible asesino. Con una condición del oráculo: solo podría vengarse de su hermano si tenía un hijo con su hija Pelopia. La buscó, la encontró. Saltó sobre ella camuflado cuando la joven fue al río a lavar una mancha de sangre de su traje y la violó. En el forcejeo, la niña arrebató la espada del tirano que guardó. Nueve meses después, Pelopia parió a Egisto, el que ayudó a matar a Agamenón. Por vergüenza lo abandonó en el bosque. Unos pastores lo criaron. Y Atreo cumplió con los designios cíclicos de la historia: se casó con Pelopia y buscó al niño que crio como hijo suyo. Regalo de la madre: la espada del abusador. Las crónicas de rencillas persisten. Atreo llamó a la corte a Tiestes para matarlo. El hermano aceptó. En el ágape familiar vio: su espada. Las palabras de Pelopia confirmaron. Y su suicidio por el padre-abuelo. Y el nieto-hijo Egisto decidió: la punta del acero hacia el corazón del perverso. Lo que programa la astucia de los hombres en creación desde los tiempos más remotos es la cadencia del orden connatural, divino tres. La moral debe acompañarnos. Los extremos se inverten y se refuta el extravío. Eso somos, sujetos de luz y sujetos de pavorosas sombras.
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