por qué no me callo

Los mitos no son de este mundo

A Carme Chacón la juzgaban por sus modos de ministra de Defensa embarazada y no haber liderado el PSOE por poco, pero la gente no estaba al corriente de que tenía el corazón al revés.

A la rebelde política catalana, de aire informal, se le discutía que asumiera una cartera tan viril como aquella y cuando, con solo una semana en el cargo, viajó a Afganistán a visitar a las tropas españolas en mangas de camisa, encinta de siete meses, se le puso a parir.

Rubalcaba le ganó por 22 votos la secretaria general en aquel congreso socialista que demoraba el recuento sucesorio entre la expectación de la vieja guardia y la lozana Chacón tras los pasos de ZP. Pero no era tan lozana, las apariencias engañaban.

Nadie reparaba en un detalle que la hacía fuerte como una roca y frágil como la pluma de un ave: sufría una cardiopatía congénita, en teoría no podía ser madre, ni ministra ni lideresa de un partido y le habían dicho de niña que debería llevar un marcapasos y una vida muy tranquila.

Así que pocos se hacían preguntas sobre aquella ministra jabata que salía al encuentro de la vida, todos los días, con 35 pulsaciones por minuto como una espada de Damocles. Ella misma decía que la vida era todo un privilegio, “cada día un regalo”.

Aquellas críticas eran embustes y clichés de poca monta. Cuando murió con 46 años y se contaron sus materias reservadas, resultó que había sido una mujer extraordinaria y valiente.

Los mitos nacen muertos. No son de este mundo. No tenemos el don de reconocerlos en vida. Humanamente, estamos hechos para disputar la gloria a otro con el que nos medimos o nos miden o tan siquiera por envidia y resentimiento. Es verdad que se ve mucho en la política, pero también abunda en las letras, las artes, el deporte, el periodismo o la ciencia misma. Nada está a salvo de esos fastos de animadversión.

De César Manrique se vituperaba su fama indómita, la auctoritas con que afeaba tirar papeles al suelo en Lanzarote o, como ha recordado estos días Pepe Dámaso con un vídeo retrospectivo, el hecho de que se construyeran hoteles y urbanizaciones con el gusto arquitectónico enfermo y se hiriera de muerte el turismo cargándose el paisaje zafiamente. Ahora que no está lo hemos divinizado, pero tuvo detractores cuando César ponía caras largas a cualquier destrozo medioambiental que él decía que nos iba a costar caro, como el cuento de la gallina de los huevos de oro.

La protesta del 20A en Canarias trae a colación a Manrique. Cada día resucita más a menudo aquel abogado del diablo, como si los hechos le dieran la razón tozudamente.

Hay un claro cinismo en la doble vara de medir a los vivos y a los muertos. En política, hay un exceso de inquina en el hemiciclo. Pero el auténtico barrizal está instalado ahora en las redes, el palimpsesto infamante. Y se degrada la manga ancha de que alardea, sin embargo, la democracia bajo el paraguas de la libertad de expresión.

No tengo ninguna esperanza de que dejemos de dar el espectáculo de zaherir al otro. “La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil es hablar mal de los demás”, decía Tales de Mileto hace 2.500 años.