Por Julia Navarro.| Ignoro cuál será la opinión concluyente sobre los Juegos en París, pero, como hace unos días estuve en esta maravillosa ciudad, les daré la mía. Sin duda, la inauguración ha sido espectacular, todo un éxito que llena de orgullo a la ciudad. París ha vuelto a demostrar su talento y creatividad, sorprendiendo al resto del mundo, aunque también ha tenido alguna “sombra”. Organizar unos Juegos Olímpicos no es fácil y, sin duda, el principal desafío para las autoridades es y será garantizar la seguridad, teniendo en cuenta que los Juegos se llevan a cabo “dentro” de la propia ciudad. Seguramente, resulta original que los Juegos se celebren en las calles de París aunque, a qué negarlo, esa originalidad en ocasiones resulta incómoda no solo para los parisinos, sino para los visitantes. No se puede circular con normalidad en coche y necesitas “pases” para ir de un lado a otro de la ciudad; en fin, que, como es lógico, hay que afrontar ciertas incomodidades. Es inevitable escuchar a los parisinos presumir orgullosos del éxito de los Juegos, pero también algunas quejas por las dificultades para afrontar en sus vidas cotidianas: desde las dificultades a la hora de desplazarse para ir a trabajar, llevar a los niños al parque o hacer una gestión en un organismo público, visitar a un pariente o quedar con tus amistades. Y es que es evidente que se interrumpe la vida cotidiana si, de repente, la ciudad se convierte en un gran recinto olímpico. Volviendo al espectáculo de la inauguración, aún no se ha disipado la polémica por ese remedo de La Última Cena. Más allá de los sentimientos religiosos heridos, sí diré que resultó un brindis al feísmo y la vulgaridad más extrema y chabacana. Sus creadores alegan que se trataba de lanzar un mensaje en pro de la diversidad, pero, en mi opinión, el resultado ha sido un fiasco. No ha aportado nada, excepto un momento de grosería extrema. El montaje de ese remedo de La Última Cena fue chabacano, ordinario, tosco, carente de talento. Si sus “creadores” es lo que entienden por diversidad, es para que se lo hagan mirar. Es una pena que esto haya ensombrecido la puesta en escena de los Juegos. Aún así, lo importante es que París bien vale unos Juegos Olímpicos.
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