Se va agosto y yo me quedo, pero me quedo en otro sitio de este periódico. Ya les contaré el domingo, pero no antes. Me queda un artículo de Superconfidencial, al menos de momento. No tengo la culpa de haberme convertido en una estrella en las redes. Espero no acabar estrellado. Ahora resulta que después de viejo, resucito. En fin, este mundo se ha vuelto loco, pero yo soy un jubileta y lo seguiré siendo, porque ya saben que lo mío es ad amore. Agosto se va y esta sección también, que ya lleva muchos años. La cambio por otra pero hasta el domingo, en mi último Superconfidencial, no voy a dar más explicaciones. Yo no tengo ni puta idea de las redes, no manejo ninguna, no entro en ninguna, pero mi careto se ha hecho popular en algunos ambientes políticos, por las cosas que digo, que dice la gente que son atrevidas. A mí me parecen completamente normales, pero es que el mundo ha cambiado y yo no me he dado cuenta. Yo sigo en 1960, cuando se enrollaba el cable del teléfono, pegado el aparato a la pared. Cuando llamaba a mi novia, a la que había dejado en su casa tres minutos antes, cuando vestía el uniforme de la OJE y cantaba la canción de los arqueros, cuando recorrí la Península, desde Cádiz a Gijón, en un tren correo, lleno de putas y de soldados, cuando la España negra, cuando dabas una perra gorda en las estaciones de tren para beber agua fresca del gollete de un porrón. Todo eso lo he contado aquí, ahora toca narrar otros episodios y dar pábulo a la mala leche, que me había convertido en un corderito. Estén atentos al artículo del domingo, que será el de la despedida.
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