lÍneas discontinuas

El infierno es otro patinete abandonado en medio de la calle

La chica conduce un engendro eléctrico de color chillón. Circula por la acera, en bajada y a velocidad excesiva. Una señora que carga una bolsa con la compra de un supermercado cercano camina por la acera perpendicular. Ninguna puede ver a la otra, pero llevan trayectorias y velocidades coincidentes. Rumbo de colisión a la vuelta de la esquina. Como meteorito y Tierra cuando la extinción de los dinosaurios, pero un poco menos dramático. Estoy unos metros más abajo y puedo visualizar la inminente tragedia, pero no hay tiempo para hacer nada. Se encuentran en la esquina y la señora, con unos reflejos y agilidad que me resultan envidiables, da un salto atrás y consigue evitar ser embestida en el último segundo.

—¡Niña, que casi me matas! ¡No puedes ir por la acera con eso! —grita la señora con el corazón a punto de salirle disparado por la boca a causa del susto que se acaba de llevar.

La chica se detiene unos metros más abajo, cerca de mí, se gira para mirar a la señora a la que ha estado a punto de despachurrar y me parece que, arrepentida por el sobresalto que acaba de causarle, se va a preocupar por ella y a disculparse. Ingenuo de mí…

—¡Relájate, vieja! —espeta la descarada muchacha sin el menor reparo.

—Oye, que la señora tiene razón. No puedes ir con el patinete por la acera, casi la atropellas —le digo con el tono más conciliador que soy capaz de pronunciar justo al pasar a su lado.

La chica me mira desafiante por un segundo, pero enseguida baja la mirada al suelo. Echa pie a tierra y, sin decir nada, continua su camino acera abajo, pero esta vez andando mientras empuja el patinete. Bueno, al menos ha recapacitado en su error y su desconsiderado comportamiento, pienso. Dos veces ingenuo de mí…

—¡Voy por donde me da la gana, gilipollas! —la escucho gritar a mi espalda un momento después.

Ante lo elaborado de su argumento quedo desarmado y sin capacidad de réplica. Ni siquiera me giro a mirarla, sé que ha vuelto a subir a su artefacto rodante y ha salido zumbando como alma que lleva el diablo.

Sigo mi camino acera arriba, donde la sorprendida señora, aún con el susto en el cuerpo, niega con la cabeza como quien no puede asimilar lo que acaba de ocurrir, boca abierta y expresión de incredulidad. Nos miramos y compartimos nuestro asombro sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Los tres, la joven motorizada, la temblorosa señora y un gilipollas que pasaba por allí, seguimos nuestros respectivos caminos rumbo al olvido.

Recuerdo que hace unos meses se hizo famoso el vídeo de un tipo que viajaba sentado sobre una bombona de butano en un patinete, aunque, eso sí, con casco, que la seguridad es importante. En otro viajaban tres chicos con un colocón digno de libro Guiness y quizás cerveza idem, comprobando la vigencia de las leyes de Newton mientras zigzagueaban con alegría por medio de una concurrida avenida. También fue visto uno circulando por la autopista del Sur a la altura de Siam Park, aunque no iba tan rápido como el que fue pillado bajando la del Norte a tal velocidad que se cree que hasta pudo retroceder en el tiempo.
Sustos a peatones y conductores, accidentes, patinetes tirados en cualquier parte, suma y sigue… Está claro que el hartazgo se ha generalizado en las ciudades, aunque, cabría preguntarse: ¿tiene el cuchillo la culpa del crimen?

Recientemente, el Ayuntamiento de Madrid se cargó de golpe y porrazo a las tres empresas que operan patinetes compartidos en la ciudad, ordenando la retirada de todos sus vehículos en octubre. Días después, el Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (Cermi) pidió cancelar el servicio de empresas de patinetes en todos los ayuntamientos que dispongan de esta actividad, debido a “los gravísimos problemas de todo tipo que su uso masivo y anárquico ha acarreado”. Es la misma petición que ya hizo en 2022 ante la Fiscalía la asociación Queremos Movernos, que ahora vuelve a formular y a la que se están sumando asociaciones de vecinos con el fin de “encontrar una solución al problema de los patinetes en Santa Cruz”. Y, visto lo visto en otras ciudades, tal vez habría que ir poniendo las barbas en remojo…

Y tal que así, casi tan rápido como aquel que conducía un patinete eléctrico autopista abajo, se nos escapa entre los dedos el mes de septiembre. Y hoy, el infierno es otro patinete abandonado en medio de la calle.

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